jueves, 9 de noviembre de 2017

EL MILAGRO DE THE CLAMS


Partamos del hecho de que soy una ameba. Esto quiere decir que cuando voy a un concierto, como mucho, muevo la cabeza hacia delante y hacia atrás en un sutil balanceo casi imperceptible. Es mi tope; mi límite máximo de movimiento corporal admisible. O eso creía...

Era de noche, una agradable noche de otoño, de esas en las que te entran ganas de prolongar tu existencia porque la belleza del momento te embarga y piensas que toda tu vida podría ser igual que ese instante. Ilusión pura, que suele desvanecerse con una facilidad de vértigo. De momento, no se había desvanecido, permanecía intacta y envolvía el transcurrir de cada segundo.

Se acercaban las once y mis amigos y yo nos dirigimos al Tempo Club, donde esa noche tocaban The Clams. Una amiga me había hablado de forma muy entusiasta acerca del grupo y había tenido el detalle de invitarnos al concierto para que pasáramos, según sus palabras, "el mejor momento de nuestro día". Yo, persona escéptica de nacimiento, le agradecí su entusiasmo, pero dudé de que fuera así. Normalmente, a las once de la noche de cualquier día, lo mejor que me puede pasar es irme a la cama. En fin, habría que darle una oportunidad. 

Entramos en la angosta pero acogedora sala, estábamos casi solos. Poco a poco se fue llenando, mientras el grupo tardaba demasiado en aparecer. "El mejor momento de nuestro día" se empezaba a convertir en "el sopor más intenso de nuestra existencia". De hecho, me hubiera dormido allí mismo si no hubiera sido porque mis amigos no dejaban de meterse con mi marmotismo generalizado, los muy cabro... Por desgracia, cualquier resto de la anterior sensación de belleza embriagadora se había evaporado. 

Pasadas las once y media, por fin salió el grupo al escenario. ¡Aleluya! Di un respingo en el taburete donde había conseguido acomodarme y me incorporé a la vez que me frotaba los ojos intentando desperezarme de la manera más digna posible. Cuando comencé a recuperar la visión después del frote, mis sentidos comenzaron a estimularse al comprobar cómo las ocho componentes del grupo se colocaban delante de sus instrumentos y se disponían a comenzar. Una bajista, una guitarrista, una baterista, una teclista, una saxofonista, una trompetista, una corista y la cantante. ¡Guauuuu! Verdaderamente tenían una presencia muy potente en el escenario que me sorprendió. 

Nuestra amiga nos había comentado que The Clams tenía un estilo cercano al rhtythm and blues, cosa que a mí ni me iba ni me venía. Sin embargo, cuando empezaron a sonar los primeros acordes, noté algo completamente inusual: mis pies empezaban a cobrar vida propia. Y no sólo eso, sino que parecía incluso que mis caderas pretendían moverse. Esta anomalía se prolongó durante todo el primer tema. Yo pensé que había sido algo fortuito, fruto del factor sorpresa, pero resultó que no, que la anomalía continuó tema tras tema extendiéndose por todo mi cuerpo. ¡Estaba bailando! ¡Dios mío! ¡Yo! ¡Bailando!

La energía de The Clams se me metió hasta el tuétano de los huesos inundándome completamente. ¡Qué intensidad! ¡Qué fuerza! Cada canción que tocaban resultaba un subidón para el cuerpo y para el alma. Esto lo conseguían en parte gracias a la calidad de sus temas y en parte gracias a su actitud en el escenario. Continuamente te interpelan para que bailes, para que des palmas y, en definitiva, les acompañes en cada una de las canciones y te entregues por completo a sus armonías pegadizas y vibrantes. Tanto es así que consiguieron que se produjera el milagro de que yo, ameba, molusco, zombie por excelencia, me pusiera a bailar como si no hubiera mañana. 

Cuando terminó el concierto, me volví hacia mi amiga y, con un entusiasmo inusitado, la abracé hasta dejarla casi sin aliento, mientras le daba la razón porque, sí, realmente había vivido el mejor momento de mi día, y del mes, si me apuras, a pesar de las agujetas. 

Conclusión: si tenéis la oportunidad de ver a The Clams en directo, no la dejéis escapar. Os lo dice la ameba convertida en Travolta.

Parte del grupo tocando en Fnac

martes, 31 de octubre de 2017

BLOQUEO


Durante mucho tiempo he sufrido un bloqueo muy persistente. Ha durado años (más de diez) y aún no lo puedo dar por terminado, pues algún que otro día especial, en el que parece que el sentido de las cosas brilla por su ausencia, todavía puedo sentir sus efectos. El bloqueo consiste básicamente en la imposibilidad de llevar a cabo acción alguna. Dicho de otra forma, en no poder hacer nada. 

Matización: con “nada” me refiero a aquello que, por obligación externa o interna, debería hacer. Por obligación externa entiendo cualquier imposición que viene de fuera, como, por ejemplo, el realizar las tareas que me exigía mi trabajo. La interna sería toda imposición que viene de dentro; aquí los ejemplos son múltiples, porque se trata de cualquier tarea que mi propio yo me requiera, como leer un libro o limpiar el baño. 

El caso es que mi mente, sin que yo pueda controlarla, comienza a transmitirle a mi cuerpo que no se mueva. Es algo involuntario que me domina. Los mensajes que le insufla son algo así como: “Ni lo intentes; hoy no vas a poder hacer nada”. Y, efectivamente, se acabó la acción. Además, cuanto más me diga que tengo que hacer lo que sea, menos puedo siquiera moverme. Pura intención paradójica. 

Durante muchos años he estado pensando en las causas de este bloqueo y he de decir que, después de mucho trabajo de introspección (y muchas pelas gastadas en terapia), aún me cuesta bastante identificarlas. Son tan escurridizas... Esto es un problemón para mí, ya que esta dificultad para reconocer su origen me conduce a la inevitable repetición de los mecanismos a través de los que este fluye. 

Hay una causa que sí creo tener bien identificada: mi descomunal nivel de autoexigencia. Desde siempre, he sido una persona muy perfeccionista, de tal forma que he ejercido sobre mí una presión demasiado fuerte para que todo me saliera de diez. Y lo que he logrado con esta presión es que, al final, mi mente se sature y decida ponerse en huelga. He simplificado un poco, pero básicamente el mecanismo consiste en eso. Si durante mucho tiempo te estás diciendo que tienes que hacer todo bien y, si no lo consigues, te recriminas de la forma más cruel lo mal que te ha salido y la persona tan horrible que eres, al final acabas por no hacer nada para ahorrarte todo ese sufrimiento que genera la autoexigencia.

En realidad se trata de un mecanismo de defensa muy sabio, ya que me ha librado ligeramente de parte de los perversos efectos de mi diálogo interno. Sin embargo, también tiene sus contraindicaciones: mi mente, no satisfecha con mi decisión de absentismo vital, me empezó a reprochar con una dureza inusitada el no poder hacer nada y, lanzándome acusaciones desagradables al máximo, consiguió que me llegara a considerar la persona más inútil de la tierra. 

Así que, la trampa estaba servida ya que, por una parte, mi propia autoexigencia me machacaba si no llegaba a los estándares que consideraba apropiados, pero, por otra, cuando me bloqueaba (para no tener que aguantar los efectos de dicha autoexigencia), mi mente me torturaba por no poder hacer nada. Vamos que un sufrimiento por otro.

Afortunadamente, a día de hoy, al ser un poco más consciente de este proceso, tengo la capacidad de perdonarme y, cuando estoy en modo bloqueo, permitirme el no poder hacer nada sin reprochármelo demasiado. Y, bueno, intento no exigirme tanto, aunque creo que de eso no me libro ni queriendo. En fin, os deseo a todos una noche espeluznante. ¡Feliz Halloween!

jueves, 19 de octubre de 2017

¿SOCIALES POR NATURALEZA?


El otro día escuché en el telediario que la soledad se había convertido en una de las principales causas de muerte entre las personas mayores. En la noticia daban por hecho que en nuestro ADN se encontraba la necesidad de estar con los otros, de tal forma que su ausencia nos afectaba seriamente a la salud. Luego seguí viendo las noticias y esto me pareció muy pero que muy cuestionable, la verdad. Guerras, corrupción, incendios provocados, atentados, intolerancia, incapacidad para el diálogo. Eh..., ¿en serio está en nuestra naturaleza el gusto por estar con nuestros semejantes? 

Aquí hay algo que falla... Lo curioso es que, a lo largo de la historia, han sido muchos los filósofos que han defendido que sí somos sociales por naturaleza, es decir, que sí nos sentimos naturalmente inclinados a juntarnos con otros seres humanos. Pero, no sé, la experiencia cotidiana siempre me ha hecho desconfiar de sus argumentos (a pesar de que la mayoría de ellos son bastante consistentes). 

Si me lo permitís, hoy me voy a quedar con dos filósofos que defienden la tesis contraria, a saber, que la sociedad no es más que un artificio creado con la única finalidad de suplir las carencias que tenemos los seres humanos, de tal forma que no nos crea ninguna satisfación vivir en comunidad, pero que lo hacemos porque nos resulta más ventajoso. 

El primero de estos filósofos es Hobbes (1588-1679). Hobbes tenía clarísimo que nuestra esencia no es ni mucho menos social, sino más bien todo lo contrario. Seguro que habéis escuchado alguna vez su famosa frase: “el hombre es un lobo para el hombre”. Pues bien, esto quiere decir que, por naturaleza, el ser humano tiende al egoísmo de tal forma que entra en conflicto con los demás a la mínima, ya que solo está preocupado por defender sus intereses. Así pues, lo que Hobbes señala es que sólo es posible la vida en sociedad si hay un Estado que tiene poder absoluto y controla que no se produzca esa situación de crispación entre las personas, que él denomina guerra de todos contra todos. Por eso, la sociedad no sería más que un artificio creado para garantizar la vida en paz, es decir, por pura conveniencia.

Esta argumentación no está exenta de polémica. ¿Es cierto que sólo nos preocupa nuestro propio bien y que somos incapaces de convivir con los otros sin alguien/algo externo que controle nuestros instintos egoístas? Parece innegable que el egoísmo es una de las causas que pueden generar un conflicto con los otros, pero decir que el ser humano vive en sociedad porque de no hacerlo mataría o moriría a manos de sus semejantes, no sé qué deciros, me parece un poco exagerado. Desde luego, con esta teoría Hobbes muestra una concepción muy negativa del ser humano, cosa que hace que me pregunte qué suceso traumático debió vivir en su infancia. 

La concepción del segundo filósofo, Rousseau, me parece mucho más positiva y amable. Este filósofo ilustrado sostenía que el ser humano es bueno por naturaleza, pero se convierte en un ser perverso en contacto con la sociedad. Es decir, que la sociedad es la causa de que el ser humano tenga comportamientos egoístas y mezquinos con los demás. De esta forma, queda descartado que la esencia del ser humano sea mala. De hecho, Rousseau cree que una de las cualidades que nos caracteriza es nuestro sentido de la compasión. Sería algo así como una empatía innata que posee todo ser humano y que nos hace confraternizar con los otros, pero sin sentir la necesidad de compartir espacios comunes. De hecho, en su naturaleza no está el juntarse con sus semejantes una vez que sale del núcleo familiar, sino el vivir en soledad disfrutando de su libertad como buen salvaje.

La teoría política que construye Rousseau en base a esta concepción antropológica es de lo más interesante. Este afirma que una de las cosas que corrompe al ser humano cuando vive en sociedad es la propiedad privada, que genera desigualdades y, por ende, crispación. Y más aún los Estados, que perpetúan la situación de desigualdad con leyes que sólo favorecen a aquellos que más tienen. Lo que propondrá Rousseau para solventar esta situación es su famoso contrato social. El contrato social es un pacto mediante el cual los individuos que conforman una sociedad se comprometen a ceder parte de su libertad a lo que él denomina “la voluntad general”, que surgiría de un consenso siguiendo el modelo asambleario con el único fin de encontrar el bien común. Vamos, igualito que lo que resulta con Hobbes: un Estado totalitario que nos controla completamente y somete nuestra voluntad. 

Es interesante cómo dos filósofos que parten de la misma tesis (el ser humano no es social por naturaleza), pueden llegar a conclusiones tan dispares y a concepciones políticas y antropológicas casi contrarias. Si hubieran coincidido en el tiempo, hubiera sido gracioso verles discutir sobre estos asuntos. ¿Se comportaría Hobbes como ese lobo que afirma que está dentro de todos los seres humanos? ¿Sería Rousseau tan compasivo como el buen salvaje que describe? Habría que verlo... Sea como fuere, qué difícil es a veces convivir con nuestros semejantes. Y, paradójicamente, qué fácil resulta otras.

martes, 3 de octubre de 2017

¿EL PERDÓN?


Cumpleaños de P., uno de los mejores días de mi vida. Suena el teléfono. Lo coge P.; son sus padres. Habla durante un rato con ellos, un rato bastante largo. No parece una felicitación al uso. 

Cuando cuelga le pregunto qué tal y me dice que bien, que sus padres le han dicho que lo sienten, que quieren normalizar la situación. Me han invitado a comer. Yo, evidentemente, no voy; antes tienen que resolver entre ellos tantas cosas... 

Así que, se va P. a comer con ellos. Y cuando vuelve, me cuenta la conversación. Le han pedido perdón por todo, han reconocido lo mal que lo han hecho y más o menos le han explicado por qué actuaron así. Quieren que las cosas se arreglen y podamos tener una relación normalizada. Para ello se comprometen a restablecer la confianza perdida con P. 

Yo me alegro mucho, pero desconfío enormemente y pongo mis condiciones. Yo también necesito tener una conversación a fondo con ellos. P. me pone pegas; no quiere alterar algo que, por ahora es tan frágil. Pensamos, entonces, cuál sería la mejor forma de hacerlo. De momento, les toca a ellos mover ficha e iniciarlo todo; a eso se han comprometido. 

Así que, esperamos, y esperamos, y esperamos, y esperamos... Y no ocurre nada de nada. No vuelven a hablar del tema, ni a mostrar interés alguno por restablecer absolutamente nada. P. tiene tal hartazgo que se niega a recordarles su compromiso. 

Ha pasado más de un año y el silencio se mantiene intacto. Y yo sigo sin salir de mi asombro. ¿Por qué después de pedir perdón y de comprometerse a restablecer la relación se echan atrás de esa forma tan devastadora? Este ha sido, sin duda, uno de sus ninguneos más crueles y absurdos. Creí que sería imposible, pero a día de hoy, me desbordan un poco más. 

P.D. Se aceptan y agradecen vuestras teorías sobre por qué no han formalizado su compromiso. 



jueves, 21 de septiembre de 2017

TRISTEZA PLANETARIA


A veces me siento como una canción de Los Planetas:

Si está bien (Súper 8)

Y si todo va tan bien,
si todo va tan bien,
¿por qué este dolor
que siento?

Y si todo va tan bien,
si todo es tan sencillo,
¿por qué este vacío
que siento?

Si está bien,
si está bien,
si es tan fácil,
¿por qué duele así
por dentro? 


Parte de lo que me debes (Una semana en el motor de un autobús) 

Cuántas veces lo intenté
y no sirvió de nada.

De un millón de formas lo intenté
y no sirvió de nada.

¿Lo has sentido alguna vez?
¿No echas de menos algo?

¿Te has arrepentido alguna vez
de haber tenido y de no haberlo dado?


Septiembre me está cayendo como un jarro de agua fría. Me siento muy zombie últimamente. Me invade una tristeza inusitada que creo que no tiene referente, es decir, si alguien me pregunta qué me pasa, no tengo respuesta. Podría indicar miles de cosas a la vez que sé que ninguna de ellas es la verdadera causa de mi malestar. No sé, debe tratarse de algo físico.

Eso sí, prefiero mil veces estar triste a estar de mal humor. Cuando me siento triste, me cuesta vivir y, en consecuencia, suelo pensar bastante en la muerte. Pero, por otra parte, tengo una conexión con mi sensibilidad que no surge cuando me encuentro en otros estados de ánimo. Y eso, de alguna forma, compensa lo negativo que conlleva la tristeza. 

Sin embargo, cuando estoy de mal humor, no sólo soy insoportable tanto para mí como para los demás, sino que, además, todo me parece horrible y casi cualquier cosa desata mi ira. 

Por otra parte, con la tristeza me identifico mucho más que con la ira, quizá porque la primera me ha acompañado durante mucho más tiempo que la segunda. Cuando estoy irascible no suelo reconocerme, es decir, no me siento yo, pero cuando estoy triste, sí, quizá también por esa conexión especial con mi sensibilidad que he nombrado antes. 

Mis desbordamientos iracundos, en cambio, me alejan de mí y me hacen sentir mala persona. Supongo que esto se debe a que tienen consecuencias negativas en los que me rodean; no es fácil tratar con una persona en estado "La Masa". Sin embargo, cuando estoy triste, las consecuencias de mis emociones sobre los demás son menores y me resulta mucho más fácil controlarlas. 

En fin, parafraseando a Green Day, "wake me up when september ends". 


domingo, 3 de septiembre de 2017

REGRESO AL PASADO


Durante gran parte de mi vida, he tenido la fantasía de dar marcha atrás en el tiempo para poder vivir otra vez el pasado y así cambiar a mi gusto todo lo que considero que debería haber hecho de otra forma. Me torturan los fallos que he cometido y todos esos deslices que ya no tienen solución, y la idea de volver para arreglarlos me genera una satisfacción brutal. Sé de sobra que esto no sería posible, no sólo porque los viajes en el tiempo son (de momento) pura ciencia ficción, sino porque, en el hipotético caso de que pudiera regresar al pasado, el mínimo cambio que hiciera en él, provocaría una serie de causas y efectos que modificaría todo, de tal forma que ya no sería como lo viví la primera vez. Así que, sólo podría hacer un único cambio; lo demás sería distinto (cuantísimo le debo a Regreso al futuro). 

Hay también otra interpretación de estos viajes imposibles. Muchos sostienen que, si volviéramos a vivir nuestras vidas, cometeríamos exactamente los mismos errores, porque es imposible librarse del flujo causal ya existente. Aquí entra en juego la idea del determinismo físico, que vendría a decir precisamente que todo lo que ocurre está determinado por la sucesión de causas necesariamente ya dadas y no podría haber ocurrido de otra forma. Esta tesis resulta bastante polémica porque si la aceptamos, estamos negando que la voluntad tenga ningún poder para decidir absolutamente nada.

Hay un fragmento de Schopenhauer, recogido en su obra "Sobre la libertad de la voluntad", que me encanta a este respecto: 

Imaginemos un hombre en la calle que se dice a sí mismo: “Son las seis de la tarde; he terminado el trabajo; puedo dar un paseo; puedo ir al club; puedo subir a la torre para ver la puesta de sol; puedo ir al teatro; o visitar a este o a aquel amigo; puedo ir campo adelante y no volver; puedo hacer todo esto, con plena libertad; sin embargo, no hago nada de eso, sino que voy a casa con mi mujer, porque quiero”. Es como si el agua dijera: “Puedo formar olas inmensas (¡ya lo creo!, el mar embravecido); puedo deslizarme rápidamente (en el lecho del torrente); o puedo precipitarme llena de espuma (en la cascada); saltar libre en el aire (en la fuente); puedo hervir y desaparecer (a cien grados); pero, finalmente, prefiero permanecer tranquila y clara en este riachuelo”. Del mismo modo que el agua puede hacer estas cosas sólo cuando concurren las causas determinantes de cada una de ellas, así, el hombre de antes no puede hacer nada de lo que se ha propuesto, si no concurren las causas correspondientes. Le resulta imposible hacer nada si no se le presentan las causas; pero tendrá que hacerlo cuando se encuentre en las circunstancias correspondientes, como le ocurre al agua.

(…) De esta forma, desear que un suceso cualquiera no hubiese ocurrido es un necio auto-tormento; pues significa desear algo absolutamente imposible, y es tan irracional como el deseo de que el sol saliera por el oeste. Ya que todo lo que acontece, tanto grande como pequeño, ocurre de forma estrictamente necesaria, es absolutamente vano meditar sobre los insignificantes y casuales que eran las causas que han producido aquel suceso, y con qué facilidad podrían haber podido ser de otra manera, pues eso es ilusorio —en la medida en que todas se han producido con la misma necesidad estricta y han actuado con el mismo poder perfecto que aquellas a consecuencias de las cuales el sol sale por el este. Debemos más bien considerar los acontecimientos, tal y como se producen, con los mismos ojos con los que consideramos la letra impresa que leemos, sabiendo muy bien que estaba ya allí antes de que la leyésemos.

En el ejemplo del texto, el hombre cree que está eligiendo entre un montón de posibilidades, pero, en realidad la elección no existe, sólo la ilusión de la elección. Según Schopenhauer él no podría haber hecho otra cosa porque las causas precedentes a su acción le han conducido inevitablemente a "elegir" irse a casa con su esposa. El hombre cree que su decisión es libre, pero en realidad lo que ocurre es que desconoce las causas que le han llevado a tomar dicha decisión. Por lo tanto, en ningún caso podría haber realizado otra acción (a no ser que las causas precedentes hubieran sido distintas).

Aún más, todo lo que acontece ocurre así irremediablemente y es imposible que hubiera sucedido de otra forma. Por eso no tiene ningún sentido plantearse siquiera que se podría modificar el pasado. Incluso Schopenhauer llega a decir que todo está escrito ya de antemano, es decir, que existiría un destino ya prefijado. Esto nos conduce a la interesantísima pregunta de si realmente somos libres. Un gran dilema para tratar con calma en próximas entregas. De momento, seguiré soñando con la posibilidad de enmendar mis errores, aunque debería dejarlo por inútil. En fin, de ilusión también se vive.

jueves, 24 de agosto de 2017

LA CONFIANZA DA ASCO


Hay algo en mi vida que me avergüenza profundamente; es una mácula con la que tengo que lidiar y que aún no he conseguido borrar del todo. Cuando era más joven (digamos que a los dieci pocos), tenía clarísimo que a mí jamás me pasaría lo que, supuestamente, decía todo el mundo que ocurría inevitablemente en la relación con los demás: que cuanto más conoces a alguien y más confianza tienes con él o con ella, más te permites el lujo de faltarle al respeto, vamos que, como reza el título de esta entrada, la confianza empieza a dar un ascazo del copón. 

Pues bien, yo siempre juré y perjuré que a mí no me pasaría eso. Me parecía inconcebible que pudiera empezar a tratar con menos respeto del debido a alguien a quien quisiera. ¿Por qué iba a hacerlo si era un ser querido? ¡No tenía ninguna lógica! De hecho, me parecía más coherente que mi trato no fuera tan amable o tan correcto con personas por las que no sentía ningún afecto. Pero, ¿por mis seres queridos? IMPOSIBLE. Hasta que comencé a vivir en pareja y me tuve que comer mis palabras una a una.

En un principio, el respeto por mi pareja, P., era exquisito y no había nadie en el mundo al que tratara de forma más cuidadosa. Nos respetábamos profundamente tanto en lo cotidiano como en lo que se escapaba de lo habitual y no había ninguna salida de tono ni nada por el estilo. Pero, con el paso del tiempo, y diría que con el roce de la convivencia, empezaron a surgir los primeros desdenes. 

Me acuerdo perfectamente del primero de ellos. Un mueble del Ikea para nuestra casa recién alquilada fue el que desató el asco de la confianza. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer mismo; se trataba de un zapatero súper chuli que habíamos comprado para la entrada. Nuestros primeros muebles, nuestra primera casa… Ideal… En teoría, claro, porque en la práctica, una mierda pinchada en un palo. Y es que los muebles del Ikea son tremendos y sospecho que habrán sido los responsables de más de una ruptura. 

Lo cierto es que el montaje de un mueble del Ikea no es especialmente engorroso; de hecho, dependiendo del mueble, suele ser bastante fácil y accesible sin tener ningún conocimiento en absoluto de ebanistería, ni ninguna destreza en especial. Lo que es súper difícil es ponerse de acuerdo para montarlo. O, más bien, dejar de controlarlo todo para que las cosas salgan como tú quieres. Ese es el problema; el control. Tú tienes una idea clarísima de cómo hay que montar el mueble y resulta que al otro le pasa exactamente lo mismo, pero esas ideas no coinciden para nada; en este caso, P. iba a un ritmo y con un esquema previo muy diferente al mío.

La cosa no comenzó mal del todo; sacamos los bártulos, los ordenamos más o menos y nos pusimos a seguir el folleto explicativo. Todo empezó con el atornillado. ¡Diooooossss! Consejo útil si nunca habéis atornillado de forma masiva: comprad un atornillador eléctrico, porque si no, vuestra relación se destruirá, al igual que vuestros músculos. Comienza con un ligero dolor de muñeca y piensas: “Bua, no pasa nada, esto lo aguanto yo sin problema”. A los pocos minutos ya empiezas a notar las punzadas en el músculo… y ahora piensas: “¡Vaya!, esto es más jodido de lo que creía”. Pero sigues y sigues; y, claro, en estas condiciones, la mitad de los tornillos te han quedado torcidos y poco firmes y las piezas que se suponen casan gracias a ellos parecen un despropósito. Y, mientras, tu pareja te dice que así no, que tienes que desatornillarlos y volverlos a apretar todos bien. What! Fuking mierda… “Pues a ti tampoco es que te hayan quedado estupendos; a lo mejor si pones así esto y luego lo otro más acá…”. “Ya, pero si tú dejas de pisar esa pieza lo mismo puedo poner yo esto aquí…”. “Bueno, vale, cuando tú me des esa otra a lo mejor puedo dejar esta para que la pongas”. Y así un sinfín de pullitas que poco a poco van convirtiéndose en reproches y al final acaban siendo casi faltas de respeto. 

Asco, asco puro, que se repite una y otra vez hasta que, por fin, se termina la tortura. El mueble está montado. Y, ¡vaya!, contra todo pronóstico, no ha quedado nada mal. Eso sí, la relación ya está dañada y hay que restablecer el amor previo que ha sido mancillado. Y se hace con mucho gusto y con urgencia, porque permanecer en estado de hostilidad es desagradable y no deseado. Sin embargo, a pesar de que se restablezca, se ha abierto un vórtice antes no existente que ya no se cerrará jamás. Unas veces será más grande, otras será más pequeño, pero ya nunca desaparecerá y, como te descuides, te puede llegar a absorber por completo. Es el asco de la confianza; la gran mácula que me perseguirá hasta el día en que me muera (permitidme la exageración).

jueves, 10 de agosto de 2017

DEL MITO AL CHASCO


Hay varios relatos míticos de cómo los niños vienen al mundo. Que si la cigüeña, que si crecen dentro del estómago después de que te tragues un hueso de aceituna, que si surgen cual setas de debajo de una col (este es el que más me gusta; de hecho tengo el convencimiento de que yo vine al mundo de esta forma; de ahí mi afición por los vegetales)… Parece todo tan fácil y tan idílico en ellos… Una mierda pinchá en un palo. Tener hijos es lo más difícil del mundo. Cuando me enteré de las probabilidades de concebir mi sorpresa fue enorme; ¡sólo un 25% a partir de los 30 años! ¿En serio? Me pareció de coña. Y si a eso le sumas el hecho de que no es fácil identificar los días en los que es más propicia la concepción, la cosa está jodida. 

P. y yo lo llevamos intentando tres años y no ha habido manera. Al principio, no había forma de que se diera el embarazo. Y luego, cuando sí lo hubo, no salió adelante. Una de las peores cosas que me han pasado en la vida ha sido vivir el aborto de mi hijo. Fue absolutamente desgarrador. El aborto se produjo a las 9 semanas, después de que ya hubiéramos escuchado el latido y hubiéramos visto su forma de cacahuete. Cuando escuché su corazón, me puse a llorar. Fue algo espontáneo, no pude evitarlo ni quise evitarlo; me desbordé completamente. Y, luego, cuando nos dijeron que no salía adelante, que su corazón se había parado, no lloré. Me inundé. Desde entonces, no he podido parar de inundarme, aunque hay días en los que no hay lágrimas; simplemente un flujo silencioso de tristeza. 

Después de aquello, nos costó volver a intentarlo, pero, aun así, lo hicimos. Y volvió a salir mal; no tanto como la vez anterior, pero mal al fin y al cabo. Tuvimos un bioquímico. Para los que no sepáis lo que es, se trata de un aborto pasadas unas dos semanas desde la fecundación, donde al zigoto casi ni le da tiempo a convertirse en embrión. El caso es que sí consigue implantarse en el útero, pero a los pocos días deja de estar en él. Fue un palo bastante grande y nos desanimamos muchísimo, sobre todo porque pensábamos que nunca lo conseguiríamos. Y esta sensación se incrementó notablemente cuando tuvimos el tercer aborto, también bioquímico. 

Era de coña, algo parecido a estar en una pesadilla interminable de la que no sabes cómo despertar. Se nos quitaron las ganas de vivir. Y es que es una situación desesperante, porque no sabes lo que pasa y no puedes controlar nada en absoluto, ya que casi nada depende de ti. Los médicos te dicen que es normal, que los abortos son de lo más cotidiano, que tengamos paciencia porque lo más seguro es que llegue en el próximo intento. Pero a mí eso me parece retórica de mierda. Por lo menos, ahora nos están haciendo pruebas para descartar que haya algún problema real y no mera mala suerte. Pero que tengas que pasar por tres abortos para que te empiecen a hacer algo de caso, no me parece ni medio normal. 

No sé cómo saldrá todo finalmente; quizá descubran algo en las pruebas o, por el contrario, no haya nada destacable y nos digan que es cuestión de seguir intentándolo. Yo sólo sé que estoy casi sin fuerzas y P., ni te cuento.

jueves, 3 de agosto de 2017

ENCRUCIJADA


¿Qué se hace cuando tu pareja quiere tener hijos y tú no? Es uno de esos temas peliagudos con difícil solución. Bueno, básicamente creo que hay dos opciones:

1. Dejar la relación.

2. Tener un hijo.

Yo me he decantado por las dos. Parece imposible, y lo es si las dos se dan juntas; pero no si haces primero una y después la otra. 

Cuando se nos planteó esta diatriba, estábamos en un momento de la relación muy complicado. Como ya os he comentado en entradas anteriores, las consecuencias que tuvo el desbordamiento provocado por mis suegros fueron nefastas, y una de ellas fue que P. y yo rompiéramos. Pero esta no sólo fue la causa de nuestra ruptura; también lo fue nuestra discrepancia en el tema de tener o no hijos. Yo no quería y P. sí. Entre eso y que yo estaba en un momento de mi vida incompatible con el contacto íntimo con cualquier ser humano que se precie, decidimos dejarlo por un tiempo. 

Fue duro, muy duro; me fui a vivir a casa de mis padres, cosa que me sumió en la depresión más profunda de mi vida. Y es que, el bajonazo fue tremendo. Pasar de vivir con completa independencia a volver al hogar paterno filial, es una de las peores cosas que le pueden pasar a alguien. Al principio no estuvo mal del todo porque mis padres me ofrecieron la comodidad y el calor que necesitaba, pero una vez transcurridos varios días, la situación pasó de reconfortante a asfixiante. No sé qué le ocurrió a sus mentes, pero de pronto para ellos volví a tener 8 años y, coherentemente, me empezaron a tratar como tal. El agobio fue máximo, tanto que, a pesar de no tener ni un duro, empecé a buscar un piso o una habitación para mudarme. 

Al final no tuve que hacerlo porque, afortunadamente, P. y yo volvimos. Me di cuenta de que, sin su presencia, mi vida no tenía sentido en absoluto. Me encontraba con tal vacío, que ya no podía existir. Sólo sentía angustia por no estar a su lado y tenía la certeza de que había cometido un error inmenso al haber dejado la relación. Así que volvimos y es lo mejor que he hecho en mi vida, después de comenzar la relación. 

Pero, claro, el problema de los hijos no había desaparecido. Se nos seguía planteando esta cuestión y había que abordarla, porque, por muchas ganas que tuviéramos de volver, no serviría de nada si no resolvíamos la disyuntiva. Las opciones seguían siendo las mismas. Si yo seguía sin querer tener hijos, la relación era imposible. Pero yo no quería que la relación se acabara. Aunque tampoco quería tener hijos. ¿Qué hice finalmente? Asumir el hecho de que la relación sólo podía continuar si yo aceptaba el tener descendencia. No cabía otra y mi deseo de estar con P. era más fuerte que mi rechazo por formar una familia. 

Así que lo estamos intentando y, de momento, he sufrido más de un desbordamiento por esta causa, que espero poder relataros muy pronto.

miércoles, 26 de julio de 2017

LA DESCENDENCIA


Cuando llegas a una determinada edad y tienes pareja estable, la gente se vuelve loca. Sí, loca de remate. Es como si una especie de parásito se instalara en su cerebro cuya única misión es la de recordarte que ya es hora de que tengas descendencia. Y erre que erre que erre. “¿Cuándo os vais a animar?” “¿Ya estaréis pensando en tener hijos, no? ¡Que se os pasa el arroz!” “Que vuestros padres querrán ser abuelos”, son las frases top ten del momento. Yo me lo tomo con humor, aunque en el fondo me desborde. ¿Por qué se da por hecho que todos los seres humanos en este planeta queremos tener descendencia? ¿La gente no se para a pensar que no todo el mundo quiere tener hijos? ¿Que ni siquiera es deseable? No sólo porque ya haya demasiados seres humanos poblando la Tierra y arrasando con sus recursos, sino porque una persona no siempre está capacitada para cuidar de esas pequeñas criaturas llamadas niños. 

Yo me considero una de ellas. Bueno, creo que sí soy capaz de cuidar a un niño, incluso diría que a varios. De lo que no soy capaz es de querer hacerlo. Tiene para mí pocos atractivos, qué le vamos a hacer. Y no es que no me gusten los niños. Para nada, los niños me gustan bastante. Me parecen personas interesantísimas y, en general, muy divertidas. De hecho, me lo paso genial con ellas, pero (y aquí es donde viene la gran matización) SÓLO DURANTE UN RATO. 

Cuando veo a mis amigos y amigas, los que son padres y madres, todo el santo día, que si en el médico porque el niño se ha puesto malo, que si levantándose cada tres horas porque necesita comer, que si limpiando caca, pis, mocos, que si intentando que se coma el puré, que si desvelándose cada dos porque tiene pesadillas… ¿EN SERIO? ¿De verdad a alguien le puede resultar sugerente la idea de tener hijos ante este panorama? La gran refutación a este argumento que toda la gente me espeta es: “No, no, esto es sólo una parte. Hay otra que compensa con creces”. Pero, cuando les pregunto cuál es, en qué consiste, la respuesta es tan difusa que no consigue convencerme: “Un niño te aporta tanto…” Sí, pero ¿qué exactamente? “El amor que da y que tú le das no tiene precio” Bueno, pero, ¿cuándo exactamente? ¿Entre cambiarle el pañal y que llore cuando no le dejas comer chuches? Porque, tal y como me hablas de tu hijo, parece que el cansancio, la rutina, el tedio, lo ocupan todo. Si compensara tanto el amor, ¿no me estarías hablando continuamente de eso? O, por lo menos, ¿no lo nombrarías más? Ummm… Sospechoso. 

El caso es que yo nunca he querido tener hijos. Me arriesgo a quedarme sin todo eso que aportan. Y si algún día me arrepiento y ya es demasiado tarde, pues ajo y agua. Por lo menos me satisfará el hecho de que fue una elección consciente. El problemón que me asola es que P., sí quiere tenerlos. Es para P. una necesidad imperiosa e irrenunciable. IRRENUNCIABLE. Os podéis imaginar la encrucijada en la que me encuentro… Una auténtica putada.

P.D. Por si no lo parece dada mi vehemencia, quiero hacer constar que siento una infinita admiración y respeto por todas las personas que tienen hijos o que deciden tenerlos.