miércoles, 26 de julio de 2017

LA DESCENDENCIA


Cuando llegas a una determinada edad y tienes pareja estable, la gente se vuelve loca. Sí, loca de remate. Es como si una especie de parásito se instalara en su cerebro cuya única misión es la de recordarte que ya es hora de que tengas descendencia. Y erre que erre que erre. “¿Cuándo os vais a animar?” “¿Ya estaréis pensando en tener hijos, no? ¡Que se os pasa el arroz!” “Que vuestros padres querrán ser abuelos”, son las frases top ten del momento. Yo me lo tomo con humor, aunque en el fondo me desborde. ¿Por qué se da por hecho que todos los seres humanos en este planeta queremos tener descendencia? ¿La gente no se para a pensar que no todo el mundo quiere tener hijos? ¿Que ni siquiera es deseable? No sólo porque ya haya demasiados seres humanos poblando la Tierra y arrasando con sus recursos, sino porque una persona no siempre está capacitada para cuidar de esas pequeñas criaturas llamadas niños. 

Yo me considero una de ellas. Bueno, creo que sí soy capaz de cuidar a un niño, incluso diría que a varios. De lo que no soy capaz es de querer hacerlo. Tiene para mí pocos atractivos, qué le vamos a hacer. Y no es que no me gusten los niños. Para nada, los niños me gustan bastante. Me parecen personas interesantísimas y, en general, muy divertidas. De hecho, me lo paso genial con ellas, pero (y aquí es donde viene la gran matización) SÓLO DURANTE UN RATO. 

Cuando veo a mis amigos y amigas, los que son padres y madres, todo el santo día, que si en el médico porque el niño se ha puesto malo, que si levantándose cada tres horas porque necesita comer, que si limpiando caca, pis, mocos, que si intentando que se coma el puré, que si desvelándose cada dos porque tiene pesadillas… ¿EN SERIO? ¿De verdad a alguien le puede resultar sugerente la idea de tener hijos ante este panorama? La gran refutación a este argumento que toda la gente me espeta es: “No, no, esto es sólo una parte. Hay otra que compensa con creces”. Pero, cuando les pregunto cuál es, en qué consiste, la respuesta es tan difusa que no consigue convencerme: “Un niño te aporta tanto…” Sí, pero ¿qué exactamente? “El amor que da y que tú le das no tiene precio” Bueno, pero, ¿cuándo exactamente? ¿Entre cambiarle el pañal y que llore cuando no le dejas comer chuches? Porque, tal y como me hablas de tu hijo, parece que el cansancio, la rutina, el tedio, lo ocupan todo. Si compensara tanto el amor, ¿no me estarías hablando continuamente de eso? O, por lo menos, ¿no lo nombrarías más? Ummm… Sospechoso. 

El caso es que yo nunca he querido tener hijos. Me arriesgo a quedarme sin todo eso que aportan. Y si algún día me arrepiento y ya es demasiado tarde, pues ajo y agua. Por lo menos me satisfará el hecho de que fue una elección consciente. El problemón que me asola es que P., sí quiere tenerlos. Es para P. una necesidad imperiosa e irrenunciable. IRRENUNCIABLE. Os podéis imaginar la encrucijada en la que me encuentro… Una auténtica putada.

P.D. Por si no lo parece dada mi vehemencia, quiero hacer constar que siento una infinita admiración y respeto por todas las personas que tienen hijos o que deciden tenerlos. 

martes, 11 de julio de 2017

RUPTURA


Destrucciones hubo varias antes de que se produjera la más radical y dramática de todas: la de nuestra relación. 

Yo no estaba bien; todo mi ser se encontraba revuelto, como cuando montas en barco y te mareas irremediablemente y sabes que no puedes hacer nada por dejar de sentirte así. Solo esperar a que el incesante oleaje cese, cosa que únicamente ocurre cuando llegas a tierra. 

Eso era lo que yo necesitaba, llegar a tierra. Pero me encontraba en plena tempestad.

Hacía tiempo que no conseguía mantener cierta estabilidad con P. Me exaltaba a la mínima y casi nunca nada me parecía bien. Después del incidente del transporte al aeropuerto, no podía ni oír hablar de sus padres y cada cosa que hacía P. con ellos me parecía un acto de connivencia y de traición total (aunque en el fondo no lo fuera). Por primera vez en mi vida supe lo que era odiar y me di cuenta de que hasta entonces nunca lo había experimentado. 

La cotidianidad estaba marcada por mi mal humor y mis reproches, que empezaban a ser demasiado frecuentes. Sobre todo cuando mi inseguridad se disparó hasta límites insospechados. Una exigencia fue el detonante de nuestra ruptura. Después de todo el dolor que mis suegros nos habían causado, yo creí que lo más justo es que no tuvieran las llaves de nuestra casa (hacía tiempo que P. se las había dado por si ocurría alguna emergencia). ¿Por qué iban a tenerlas si no querían ni pisarla a pesar de que les habíamos invitado y seguían con sus ninguneos y con su rechazo explícito a nuestra relación? Me parecía que eran las personas menos indicadas para tener las llaves de nuestro hogar. Era como si un torturador tuviera las llaves de sus torturados. En fin, un despropósito. 

El hecho de que P. les pidiera las llaves era para mí una prueba de que la connivencia con ellos se había terminado y de que su compromiso con nuestra relación estaba por encima de cualquier cosa. Lo que ocurrió fue que P. nunca les pidió las llaves, porque quería evitar la situación violenta que podía producirse. Yo la entendía, pero le decía que no tenía por qué hacerse de forma violenta, que simplemente pusiera una excusa y nunca más les devolviera las llaves, así de simple. Pero fue imposible. 

Y yo hice lo peor que podía haber hecho: me lo tomé como un agravio. Cuando, en realidad, no tenía nada que ver conmigo. Presioné demasiado a P. y al no conseguir mi propósito, la inseguridad que sentía se incrementó y se manifestó a través del reproche y de la ira. En resumen, me convertí en una persona insoportable. Como he dicho antes, casi siempre estaba de mal humor, ponía pegas a todo y aprovechaba la mínima para soltar alguna perla. Debía ser una mierda auténtica vivir conmigo. Así que, después de hablarlo largo y tendido, tomamos la decisión conjunta de dejar la relación. Y así lo hicimos. 

Los meses que duró nuestra separación fueron los más tristes de mi vida. Pero, en realidad, fue lo mejor (y lo único) que podíamos hacer. Nos sirvió para airearnos, renovarnos y recuperar el equilibrio. Por fin pude llegar a tierra...