lunes, 15 de mayo de 2017

EL LASTRE DE LA PERFECCIÓN


Mi hijo es el mejor del mundo; todo lo hace bien y nunca se queja de nada. Ni siquiera cuando le abofeteo por dentro y le obligo a ser una persona que no es. Mi hijo es el mejor del mundo; las noches y los días no tienen parangón a su lado; él las supera, porque supera a todos y a todas las cosas de este mundo. Debió nacer de los dioses. Es una delicia; le doy besos envenenados y le digo que es perfecto. 

Eres perfecto, cariño, anda y sigue haciendo tus deberes mientras yo estoy aquí, detrás de ti susurrando en tu oído todas las respuestas. Y descuida que si te equivocas, yo me encargaré de borrar tu mácula, porque tú eres el mejor del mundo, tú eres perfecto y no voy a permitir que cometas ningún error. Claro, como soy inmortal y siempre voy a estar a tu lado. Con esta estrategia pretendo que luego tú seas una persona autónoma, porque, sí, dentro de poco lo empezarás a hacer todo por ti mismo, pero hasta entonces estaré encima de ti para que nada empañe tu perfección. 

Hijo, no hables demasiado alto, no escribas así de torcido, no cojas así el lapicero. ¿Por qué no te pones recto? Empiezo a pensar que no eres perfecto. No entiendo por qué ya no haces las cosas bien. ¿Intentas desafiarme? Creo que ya no te quiero como antes, has cambiado tanto... 

Antes podía verme en tus ojos, pero ahora no te reconozco, no me reconozco. Ya no eres mi espejo; te has convertido en un cristal opaco donde me desdibujo. Debe ser porque no te has esforzado lo suficiente. ¿Qué ha podido fallar si no? No tengo la más remota idea; yo lo hice todo, lo di todo por ti. Mi sacrificio ha sido extraordinario. Y así me lo pagas, siendo alguien distinto a quien yo quiero que seas; siendo mediocre, siendo menos. Creo que ya no eres mi hijo, de hecho me doy cuenta de que nunca lo fuiste. Qué ciego estuve. Ahora ya lo sé; te desprecio.

Dedicado a todos los padres y madres castradores del mundo.

viernes, 5 de mayo de 2017

SIN ESPERANZA SE VIVE MEJOR


No en vano existe el refrán "La esperanza es lo último que se pierde". Y es que la Aguirre ha tenido que dimitir tres veces para que, de una vez por todas, podamos dar por finiquitada su carrera política. Yo aún no me lo creo y me espero cualquier resurgimiento espontáneo a lo Walking Death dentro de un tiempo, cuando el recuerdo de sus mangoneos y de su pésima gestión se haya disipado. Es por eso que no estoy exultante de alegría, aunque sin duda es una gran noticia el no tener que soportar más sus faltas de respeto y su soberbia desmedida. Y es que, Esperanza Aguirre, ha sido una de las políticas que más desbordamientos me ha generado a lo largo de su recorrido político (desde que era ministra de cultura, hasta que consiguió ser Presidenta de la Comunidad de Madrid). 

Uno de los últimos desbordamiento graves que me produjo ocurrió hace un par de años. Tengo grabadas en mi mente las declaraciones en las que insinuaba de manera poco sutil que los parados eran unos vagos redomados encantados con su situación y que para qué iban a buscar trabajo si ya cobraban la prestación (la llegó a comparar con una beca); que lo mejor sería que no tuvieran derecho a cobrar nada, porque si no nunca se iban a poner a buscar trabajo en serio. Qué despropósito… 

Por desgracia, he coincidido con varias personas que están o han estado en situación de desempleo y el sufrimiento que han vivido ha sido de órdago. No sólo estaban inquietos por el hecho de no tener trabajo: lo que sentían era verdadera angustia. Y no sólo ellos, sino todas la personas de su alrededor (familliares, amigos, conocidos...), que más que ayudarles a superar esa angustia, lo que conseguían muchas veces era infundirles más miedo al dejar constancia de que su circunstancia les parecía tremenda y completamente indeseable. Por mi parte, jamás he encontrado a una sola persona con la idea de que estar en paro fuera un chollo. Sólo he coincidido con gente a la que les parece una desgracia y que darían cualquier cosa por no estar en esa situación ni por tener que cobrar una prestación. 

Y es que esa creencia de que hay que motivar a las personas para que busquen trabajo reduciéndoles o quitándoles la prestación, bajo el supuesto de que somos unos vagos y sólo queremos aprovecharnos del Estado, es realmente perniciosa. ¿Alguien puede explicarme cómo va a solucionar el problema del desempleo el eliminar o bajar la prestación a un parado? ¿En qué ayuda eso a que encuentre trabajo o a que haya más opciones de empleo? Lo único que hace es ponerle las cosas mucho más difíciles. 

Por eso, me pareció una irresponsabilidad manifiesta por parte de Aguirre (y de cualquier político o empresario que manifieste algo así) el fomentar este tipo de falsedades, además de una falta de consideración total para con los ciudadanos, debido a que no sólo no se tiene en cuenta su sufrimiento, sino que encima se les estigmatiza haciendo parecer al colectivo de personas en paro, unos indeseable. Es pura difamación y, sin duda, un motivo de dimisión fulminante. Encima, sobra decir que la prestación percibida por un parado es UN DERECHO INALIENABLE. Esta persona ha estado cotizando y pagando al Estado parte de su sueldo durante los años correspondientes, ¿y ahora no puede cobrar lo que es suyo? ARDOOOOOOOOOOOOOO.

Por esto y otros múltiples despropósitos de la Aguirre, nunca antes había deseado tanto en mi vida perder la "esperanza" y jamás pensé que estaría tan bien sin ella. Paradojas de la vida...

miércoles, 26 de abril de 2017

PLACEBO VERSUS SR. SCROOGE

       


No quiero que os muráis de envidia, pero este sábado voy al concierto que Placebo da en Madrid para celebrar sus 20 años de vida artística (algunos me diréis: "a mí qué me importa; de envidia nada". Mejor para vosotros). Resulta que el otro día fue mi cumple y mis mejores amigos me regalaron las entradas; y, claro, yo me desbordé de amor, ya que, contra todo pronóstico dado mi historial de odio hacia los regalos (véase el post "El regalo ferpecto”), me encantó el detalle y por fin sentí que mis gustos habían sido reconocidos. 

En ese momento, mi entusiasmo era tal, que me levanté súbitamente y me puse a repartir besos y abrazos por doquier. Y cuál sería mi sorpresa cuando, al llegar a una de mis amigas, me dice con voz queda que ella no ha participado en el regalo. Yo me extraño un poco, pero a pesar de eso le doy también muchos besos y abrazos, y sigo con la ronda. En ese momento no le pregunté nada, ni tampoco después ya que me parecía bastante violento. Además, en el fondo yo ya sabía la respuesta: no había puesto dinero por racanería pura y dura. Luego, efectivamente, el resto de mis amigos, cabreados con ella, me lo confirmaron. 

La tía no participó en el regalo porque no se quería gastar el dinero que le hubiera tocado pagar por las entradas, ni más ni menos. Se puede pensar que esto se debe a que está pasando por algún apuro económico, pero no es el caso en absoluto. Tiene dinero y nunca ha sufrido dificultades económicas, sino más bien todo lo contrario. Además, os podéis imaginar que la cantidad que le tocaba pagar por las entradas era poco significativa. Lo que ocurre es que no se quiere gastar la pasta, y punto. No es la primera vez que pasa algo parecido. 

Yo la quiero muchísimo; siempre he tenido con ella una buenísima relación y es una persona muy importante para mí, sin embargo la tacañería es una cualidad suya adquirida que me desborda a lo Hulk, quizá porque me resulta incomprensible. Y, sí, me dolió bastante que no quisiera participar en mi regalo. Me pareció un detalle feísimo y muy deprimente; aunque más feo aún me resultó que no me dijera absolutamente nada. Además, si el dinero es el problema, podría haber pensado en una alternativa gratuita; hay miles de regalos que no cuestan ni un duro y que son incluso mejores que los que sí valen dinero. Pero nada, no le importó ni lo más mínimo, ni tan siquiera para darme alguna explicación. En fin, me cuesta asumir que para alguien pueda ser más importante el ahorrarse unos euros a tener un detalle con una persona querida, es algo que no me entra en la cabeza (¡a tomar viento la empatía de la niña de la mortadela!).

Supongo que debería contarle cómo me siento y no quedarme con esta sensación de malestar profundo, pero de momento no me sale. Tal vez más adelante, cuando La Masa deje de poseerme; quizá entonces podamos hablarlo con calma. Mientras tanto, intentaré consolarme este sábado dando votes y cantando las canciones de Placebo como si no hubiera mañana (aquí os dejo "Battle for the sun", para que se os pongan los pelillos como escarpias).


domingo, 16 de abril de 2017

LA NIÑA DE LA MORTADELA


Tendría unos 10 u 11 años cuando presencié una escena que me conmovió profundamente. Es uno de los recuerdos más intensos que tengo de una situación en la que empaticé completamente con el sufrimiento del otro. Estaba de vacaciones, pasando unos días en uno de los pueblos más famosos de la costa alicantina. Ahora lo odio, pero antes me encantaba. Allí viajaba todos los veranos con mi familia y solíamos pasar el mes de julio casi completo. Uno de esos días por la tarde, mientras paseábamos por las atestadas calles del pueblo, vi la siguiente escena: una niña, con un bocata de mortadela en la mano, estaba conteniendo el llanto, con la cabeza baja y la expresión más triste que había visto en mi vida hasta ese momento. La razón de que se encontrara en ese estado de ánimo: su padre, un hombre que me pareció relativamente joven (cosa sorprendente, porque con 10 años todo el mundo que supere los 20 ya te parece un anciano decrépito; no fue el caso), y que estaba delante de ella reprendiéndola con severidad. 

Desconozco la razón de la regañina ni si estaría o no justificada; pero me pareció especialmente cruel, y no por el contenido de la misma, del que no recuerdo nada y creo que ni siquiera lo pude oír bien. Tampoco fue por la novedad de la escena, pues ya había visto antes de ese momento a padres regañando a sus hijas. Creo que tuvo mucho más que ver con la interpretación que hice del lenguaje no verbal tanto del padre como de la hija. El de él me pareció agresivo y desproporcionado; el de ella, me transmitió, como ya he dicho antes, una sensación muy intensa de tristeza y malestar. Por un momento me convertí en la niña de la mortadela, porque pude sentir exactamente lo que estaba sintiendo ella. 

Se suele decir que, por culpa de nuestra subjetividad, nunca podemos llegar a saber lo que siente exactamente el otro; sólo podemos acceder a nuestras propias sensaciones y pensamientos, de tal forma que las emociones de las personas ajenas a nosotros, incluso esas personas en sí mismas, podrían ni siquiera existir. Es, en cierto modo, lo que en filosofía se denomina “solipsismo”. Pero creo que no es verdad; no sé cómo explicarlo y, de hecho, no puedo demostrarlo de ninguna forma, pero tengo la completa certeza de que, en ese momento, yo estaba sintiendo lo mismo que la niña de la mortadela. Su tristeza me traspasó, me inundó por completo; sentí con total intensidad todo su malestar. Y tan difícil me resulta ahora describirlo con palabras, como fácil fue sentirlo y reconocerlo. 

Para mí, la niña de la mortadela es la prueba evidente de que algunos seres humanos estamos conectados; no me atrevo a decir “todos”, porque es un tanto arriesgado. Además tengo experiencias de auténtica antipatía, pero sí me parece razonable pensar que hay algo que nos une en el sentir; nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro y de saber exactamente lo que le pasa. 



viernes, 7 de abril de 2017

OK COMPUTER


Hoy quería hacer un pequeño homenaje a un disco que este año, 2017, cumple veinte primaveras. Se trata de OK COMPUTER, del grupo Radiohead. Sin duda, uno de mis discos favoritos. He de confesar que no me gustó desde el principio. Me costaba entender algunas melodías, que no me entraban ni con calzador. Sin embargo, había algo indescriptible en ellas que me hipnotizaba y me alentaba a escucharlo una y otra vez. De esta forma, un día, sin más, se metió dentro de mí y llegó a ocupar un lugar irremplazable. 

De hecho, lo considero todo un clásico, y no por el tiempo que ha pasado desde que se editó, sino por su calidad extremadamente elevada, de tal forma que creo que perdurará sin degradarse a lo largo de los años gustando generación tras generación, cosa que lo convierte en un disco universal (esto, por supuesto, no quita que haya gente a la que no le guste en absoluto; para gustos están los colores, sobre todo en algo tan personal como es la música). 

A mí me parece que todas las canciones que contiene el disco son auténticos temazos y, si alguien me preguntara cuál es mi preferido, me pondría en un auténtico apuro. Aunque, es cierto que la canción "Let down and hanging around" me conquistó desde el primer instante (esta sí fue amor a primera vista) y, a pesar de que hayan pasado veinte años ya, me hace sentir cosas incomparables. Por eso, la incluyo al final, para que podáis disfrutarla. 

Si habéis escuchado este disco y tenéis claro cuál es vuestra canción, me encantaría saberlo. Y, si no, también sería genial conocer vuestra opinión sobre qué creéis que hace que un disco sea un buen disco y, por supuesto, saber cuáles son esos sin los cuales no concebís vuestra existencia.


martes, 28 de marzo de 2017

EL SUICIDIO

"Ophelia" de John Everett Millais
Cuando descubrí que el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España, me quedé en shock. ¡La primera causa de muerte no natural! ¡LA PRIMERA! Desbordamiento completo… Pero lo que más me sorprendió es no haberlo sabido hasta entonces (tendría unos 20 años cuando lo descubrí). ¿Cómo es posible que en veinte años nunca me hubiera enterado de esta barbaridad? ¿Cuál es la razón de que esta información no esté más difundida? Como estaba que no cabía en mí de la impresión, fui preguntando a la gente para comprobar si conocían o no este hecho (intenté que el rango de edad fuera diverso), ¡y ninguna de las personas a las que pregunté tenía idea alguna de ello! ¿Por qué la mayoría de la gente lo desconoce? Y no estamos hablando de algo exiguo; se trata de casi 4000 muertes al año, es decir, unos 11 suicidios al día. UNA BRUTALIDAD TOTAL. 

Esto me resultó indignante y me pareció evidente que existía una ocultación intencionada y manifiesta. Joder, es que no queda nada bien publicar las estadísticas que evidencian que la gente tiene el deseo de morirse; es un indicativo alarmante de que la sociedad está fracasando estrepitosamente. Y no me creo para nada que su no difusión se deba única y exclusivamente a la creencia de que contarlo es fomentarlo. Según parece esa es una de las causas oficiales que se esgrimen para no divulgar el número de suicidios; se piensa que si se da a conocer que muchas personas se suicida la gente lo puede ver como algo normalizado y decantarse más por esta opción. 

Pero, ¿saber que mucha gente toma la decisión de hacer algo incita a otras personas a llevarlo a cabo? Albergo dudas al respecto, aunque quizá, en algunos casos, pueda tener cierto sentido. No en balde nuestras figuras de autoridad más cercanas nos han repetido hasta la saciedad eso de “Y si tus amigos se tiran a un pozo, ¿tú también vas detrás?”, dando a entender que, en cierta forma, tendemos a hacer lo que hacen los demás, o más bien, nuestro grupo de referencia. Pero de ahí a deducir que algo nos va a parecer bueno por el mero hecho de que lo hagan muchas personas, no sé, es un tanto simplistas. De hecho, utilizar este recurso como argumento es caer en la denominada falacia ex populo. Que la mayoría de gente haga, diga, opine, etc., algo, no quiere decir que eso sea bueno o verdadero. El ejemplo más típico de esta falacia es el siguiente: Dios tiene que existir porque tanta gente no puede estar equivocada. ¡Por supuesto que puede estar equivocada!, porque el número de gente que apoye algo no es suficiente criterio para demostrar su veracidad. 

En el caso del suicidio, dudo que alguien pueda tener más ganas de quitarse la vida al saber que en su país hay muchas personas que eligen esta opción. Y aun aceptando que esto fuera cierto, me parece que, si se oculta por esta causa, es clarísimo que no sirve absolutamente para nada, porque ¡YA HAY 4000 SUICIDIOS CADA AÑO! Silenciarlo es completamente inútil y, cómo mínimo, habría que hacer campañas activas de concienciación y ayuda, porque, si no, ¿cómo se va a resolver el problema? ¿Solo? ¡Dios, qué indignante! Es una vergüenza que los políticos no pongan todo su empeño en solucionar algo tan grave. Pero, claro, si se difunde a lo mejor la gente comienza a pensar que no vivimos en el mejor de los mundos posibles y exige responsabilidades y cambios. 

En fin, para terminar me quedo con la siguiente reflexión del genial Albert Camus, que muy acertadamente considera el suicidio como el tema más importante del que se debe ocupar la filosofía por su radicalidad y sus consecuencias. Y no me extraña, pues no tener motivación para vivir es sin duda uno de los problemas más graves de la existencia humana. Incluyo a continuación algunos fragmentos del principio de su obra “El mito de Sísifo”: 

"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. (...) 

Si me pregunto en qué puedo basarme para juzgar si tal cuestión es más apremiante que tal otra, respondo que en los actos a los que obligue. Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo, cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál gira alrededor del otro, si la tierra o el sol. Para decirlo todo, es una cuestión baladí. En cambio, veo que muchas personas mueren porque estiman que la vida no vale la pena vivirla. Veo a otras que, paradójicamente, se hacen matar por las ideas o las ilusiones que les dan una razón para vivir (lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir). Opino, en consecuencia, que el sentido dela vida es la pregunta más apremiante. (…)

Siempre se ha tratado del suicidio como de un fenómeno social. Por el contrario, aquí se trata, para comenzar, de la relación entre el pensamiento individual y el suicidio. Un acto como este se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra. El propio suicida lo ignora. Una noche dispara o se sumerge. De un gerente de inmuebles que se habían matado, me dijeron un día que había perdido a su hija de cinco años y que esa desgracia le había cambiado mucho, le había “minado”. No se puede desear una palabra más exacta. Comenzar a pensar es comenzar a estar minado. La sociedad no tiene que ver mucho con estos comienzos. El gusano se halla en el corazón del hombre y en él hay que buscarlo. Este juego mortal, que lleva de la lucidez frente a la existencia a la evasión fuera de la luz, es algo que debe investigarse y comprenderse."

miércoles, 22 de marzo de 2017

TUFILLO


Lo peor que te puede pasar en tu vida social es descubrir a mitad de mañana, cuando ya has salido de tu casa y no hay posibilidad de volver, que no te has echado desodorante. ¡Buffff, alerta a navegantes! Empiezo a percibir un tufillo tan cerca de mí que no puedo ser más que yo la causa del mismo. ¡Qué día más aciago me espera! Y a los de mi alrededor, ni te cuento. Encima hoy me toca estar muy cerca de la gente, tan cerca que me gustaría desaparecer. Pero no puedo escaparme. ¡No tengo salida alguna! Pienso mil formas de encubrir mi olor; mi mente recorre todos los caminos posibles hacia la salvación, pero me es inviable realizar ninguno. Lo único factible que se me ocurre es pegar mucho mucho mucho los brazos a mis costados para que no se escape ni un ápice del hedor máximo. 

La cosa se pone de lo más interesante cuando nos mandan hacer un trabajo en grupo y tengo que sentarme cerca, demasiado cerca, de mis compañeros. Ya estoy sudando y, por desgracia, sudo aún más cuando me pongo de los nervios. Toda una experiencia en el mundo de los olores. Sí, lo sé, debería calmarme porque cuanto más de los nervios estoy más se incrementa el olor. ¡Pero es que no puedo evitarlo! Es como cuando le decimos a alguien que lo está pasando mal: “Tranquilo, no te preocupes, sólo tienes que calmarte”. ¡Hostia, que me digas que tengo que calmarme no me sirve absolutamente de nada! Muchas gracias por la inestimable ayuda. Pues aquí, lo mismo.

“Bueno, - pienso-, quizá mis compañeros no puedan identificar el origen del olor y crean que es otra persona o, incluso ellos mismos”. No creo que cuele, pero, quién sabe. Hasta que la dinámica en grupo adquiere unas dimensiones descomunales y requiere que nos pongamos en pie y que hagamos una escenificación. Adivinad qué me tocó escenificar a mí: un pájaro. ¡UN PÁJARO! Ni más ni menos. Parecía una pesadilla, ¿en serio que me toca a mí el pájaro? No podría ser cualquier otra cosa o animal en el mundo; no, tenía que ser un pájaro, con alas. Horror. Así que, sí, tuve que levantar los brazos, mis apestosos brazos. Pero eso no fue lo peor; TAMBIÉN TUVE QUE ALETEAR. Supongo que mi cara sería todo un poema y que si no me delataba el olor, ella sí que lo hacía. 

Pero bueno, intenté superarlo con humor y, ya que estaba, hacer la mejor actuación de pájaro de mi vida. Y ya ves si la hice; el premio "Pájaro del año" deberían haberme dado, porque lo bordé. Debo decir que desde aquel día he notado un cambio en mis compañeros; risitas, murmullos… ¡Qué le vamos a hacer!, mi reputación de persona pulcra ha sido mancillada. Eso sí, esto no me vuelve a pasar en la vida; ahora llevo un mini desodorante siempre conmigo, por los posibles olvidos y sudores imprevistos. Porque, sí, amigos y amigas, el ser humano de vez en cuando hiede y no siempre es sencillo evitarlo. Y como muestra, mis sobacos.

sábado, 11 de marzo de 2017

CENUTRIO



Si hay algo en esta vida que no soporto y que me crea desbordamientos máximos es la tozudez. Y no me refiero a las personas súper voluntariosas que hacen todo lo posible por conseguir sus objetivos. ¡Dios me libre!, esas personas son héroes. Me refiero a los obtusos que quieren tener razón cueste lo que cueste. ¡Pero qué hemos hecho los demás para merecer tal castigo! Como si no tuviéramos bastante con nuestros propios machaques diarios, también tenemos que aguantar que otros nos atosiguen a base de querernos imponer sus ideas. Qué cansancio… ¿No podrían trabajárselo un poco y dejar de amargar al personal? 

Joder, es que el otro día la tuve gorda con un conocido, llamémosle cariñosamente Cenutri, porque me estaba calentando la oreja de forma inusitada. Para no aburriros diremos que Cenutri estaba defendiendo algo y yo estaba totalmente en contra. Esto, en principio, no tendría por qué ser algo que generara en mí ningún desbordamiento. Tengo el total convencimiento de que se puede establecer un diálogo enriquecedor con las personas en busca de un consenso a pesar de partir de tesis opuestas. No era el caso para nada, ya que Cenutri no escuchaba ni atendía a razones en absoluto; sólo quería imponer su opinión costase lo que costase. De hecho, cada vez que cuestionaba alguno de sus argumentos, se salía por peteneras para no parecer que no estaba del todo en lo cierto. El caso es que nos enzarzamos de una manera inusitada y desmedida. Y no acabamos a tortas porque a ninguno de los dos nos va la violencia física. 

A mí me podría haber dado igual y haber tenido un espíritu mucho más conciliador y sosegado para no entrar al trapo de sus insensateces; pero no, su actitud me pareció tan prepotente y soberbia que me harté. Y en vez de evitar discutir, lo hice a saco Paco. Y, ya que me iba a poner a su nivel, decidí empecinarme al máximo y darle a Cenutri de su propia medicina hasta que le saliera por las orejas. De este modo, hasta que no conseguí refutar todos sus argumentos hasta casi reducirlos al absurdo y hasta que no pronuncié la última palabra (lo digo literalmente), no me callé. Ya casi ni tenía sentido lo que decíamos, de hecho el debate había perdido el hilo conductor inicial estrepitosamente. Aun así, seguimos y seguimos, porque cada vez que echaba por tierra uno de sus argumentos, él salía con algo distinto que no tenía por qué estar relacionado necesariamente con el tema central. Y yo venga y venga, a machete total para que tragara quina. 

No siento mucho orgullo de lo que hice, pero también debo confesar que, cuando finalmente nos callamos, sentí una satisfacción plena; la misma sensación que cuando en la infancia ganas un premio o metes el gol de la victoria en un partido de fútbol súper decisivo. O eso parecía porque la cara me ardía y mis ojos, inyectados en sangre, parecían salirse de las órbitas. Y mi sonrisilla de saber que me había impuesto a mi oponente…, ay mi sonrisilla: “Te he tumbao y lo sabes”, venía a decir. Pero luego, una vez que pasaron los días, empecé a sentir ese vacío que deja el haber perdido el tiempo en algo que carece por completo de sentido. Mis energías habían sido invertidas en algo absolutamente absurdo y sin trascendencia alguna. Lo que había hecho no había servido para nada, porque, ¿pensáis que le hice bien a Cenutri imponiéndole mi dialéctica? ¿Pensáis que aportamos algo a los que nos rodeaban o al mundo en general? Ni por asomo; y Cenutri, como mínimo, me guardará algo de rencor y la próxima vez que no estemos de acuerdo en algo, intentará machacarme. 

Esto me hace preguntarme qué nos pasa a los seres humanos como para empecinarnos hasta esos extremos. Creo que en parte se debe a que no nos interesa para nada buscar la verdad ni tenemos un impulso honesto por investigar ni aprender del otro. Lo que ocurre es que queremos imponernos a los demás cueste lo que cueste, porque, por desgracia, a veces nos identificamos tanto con nuestras ideas, que cuando son cuestionadas o criticadas por los demás, nos sentimos nosotros mismos criticados y cuestionados. He ahí uno de los problemas fundamentales de querer imponer nuestra opinión, la excesiva identificación que tenemos con nuestras creencias. Y si además queremos quedar por encima del otro, creo que ahí ya entra en juego nuestra propia inseguridad. Tenemos miedo a sentir que nos equivocamos o que somos mediocres e intentamos suplir esa carencia de seguridad en nosotros mismos mediante el abuso y defendiéndonos con una respuesta descompensada. Por lo menos es lo que reconozco en mí cuando tengo estos brotes de soberbia (aunque en este caso lo único que buscaba era que Cenutri no se saliera con la suya).

Por eso me gusta tanto el filósofo Sócrates, porque su honestidad en la búsqueda de la verdad y del conocimiento era brutal. Supongo que alguna vez habréis escuchado la famosa frase que se le atribuye: “Sólo sé que no sé nada”. Pues bien, esta frase es el vivo reflejo de su actitud ante la verdad y viene a decir que sólo reconociendo la propia ignorancia, es decir, sólo admitiendo que uno no sabe, se puede llegar a conocer verdaderamente algo. De ahí que el Oráculo le considerara el hombre más sabio de Grecia, porque los demás sólo hacían gala de su soberbia creyéndose ya sabios, y cuando alguien cree que ya sabe, es muy complicado aprender absolutamente nada. ¿Para qué, si ya lo sabes todo? 

Cenutri y yo hemos hecho lo opuesto a investigar para encontrar la verdad; más bien hemos hinchado nuestros egos como dos globos enormes hasta que uno de los dos ha estallado en la cara del otro. Y no siento ningún orgullo por ello; de hecho, me arrepiento de no haber contribuido en absoluto a la búsqueda del conocimiento, aunque también os digo que, en ese momento, no hubiera podido hacer otra cosa que no fuera impedir que Cenutri se saliera con la suya, porque estoy hasta las napias de tener que tragar quina con la soberbia ajena. En fin, desperdicio absoluto lo mires por donde lo mires.

sábado, 4 de marzo de 2017

ROAD TRIP: VIAJE DE PIRADOS


Vamos a aclarar una cosa antes de seguir cometiendo el mismo error (grave) una y otra vez. La transexualidad y la homosexualidad son dos cosas distintas. Ser transexual significa que tu sexo biológico (el sexo con el que has nacido) no se corresponde con tu género psicológico. Es decir, una persona puede nacer con vagina y sentirse hombre, o con pene y sentirse mujer. En cambio, la homosexualidad es la atracción física y emocional hacia personas del mismo sexo. De esta forma, una persona transexual no tiene por qué tener una orientación homosexual, porque la orientación sexual es independiente del sentirse hombre o mujer. Así que, sí amigos y amigas, un transexual no necesariamente es homosexual. De hecho, lo más probable es que, por estadística pura, sea heterosexual. 

Lo digo porque me ha sorprendido mucho que en la orden de prohibición cautelar que el juez ha prescrito para que el autobús tránsfobo no pueda circular, haya puesto que la campaña sí puede suponer un menosprecio al colectivo transexual por no reconocerles su orientación sexual. Nooooo, joder, no; lo que fomenta es el odio hacia las personas que sienten que su sexo biológico no coincide con su género. Aggg, es bastante desalentador que una persona a la que se supone una vasta cultura y un elevado criterio moral no sepa diferenciar los dos conceptos. Pero bueno, he de decir que este señor juez se convirtió en mi héroe del día por librarnos durante algo de tiempo de aguantar ese despropósito con ruedas. 

No voy a comentar nada de los impresentables de Hazte Oír porque me duele el corazón al comprobar que existen personas tan ignorantes y perversas; el mero hecho de hablar de ellas, me hace daño. Sólo voy a decir que, en su ignorancia desmesurada, transmiten la idea de que la transexualidad es una ideología que se enseña, de tal forma que si caes en las manos equivocadas puedes acabar siendo transexual (en el fondo, sólo intentan protegernos del Maligno, benditos sean). Nada más lejos de la verdad; la transexualidad no es ni por asomo algo que tenga que ver con creencias o ideas y, por tanto, ni se puede enseñar a ser transexual ni, por ende, se puede aprender a serlo. Es indiscutiblemente un hecho científico y comprobado: hay personas que nacen con un sexo con el que no se identifican. Es simplemente una condición más de la naturaleza humana con la que se nace (repito) y que revela la diversidad de esa misma naturaleza. Y, por supuesto, no es en absoluto una enfermedad ni física ni psicológica, y menos aún algo malo. Lo dañino es hacer creer mediante mentiras que ser transexual es algo pernicioso. Y peor aún es ir contra los niños que desde que tienen uso de conciencia saben que su identidad de género no se corresponde con los genitales con los que han nacido. Decirle a un niño transexual que está equivocado o que lo que le pasa es algo malo, es intolerable. 

En fin, que hay cosas que me hacen llorar y me deprimen profundamente y esta es una de ellas. Y como decía una viñeta que vi el otro día en el diario (en la que salía representado el autobús y dos personas hablando entre ellas mientras lo miraban): “No sé si Dios existe, pero Satán, seguro que sí”. Buen fin de semana, si es que es posible. 

martes, 21 de febrero de 2017

TOPICAZO



¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar? Bufffffff… ¡Cómo me cansan los tópicos! Pero, en este caso, me sobrepondré al cansancio y comentaré un aspecto sobre el mismo, que me desborda.

Tengo un amigo que vive para trabajar. No sé si es adicto al trabajo, porque siempre que hablamos del tema admite que preferiría no trabajar tanto, pero el caso es que nunca deja de hacerlo. Es más, elige voluntariamente tener más trabajo del que le exigen sus jefes. Él reconoce que vive para trabajar y también que no le gusta nada, pero, a la vez, también es consciente de que se sobrecarga de actividad pudiendo no hacerlo. La única razón coherente que da para que esta paradoja se resuelva es que no tiene otra cosa mejor que hacer; que si tuviera otras motivaciones en su vida, les daría prioridad por encima del trabajo. 

Yo intento convencerle de que esa razón es un poco peligrosa. De hecho me parece que refleja perfectamente el mecanismo paradójico de “la pescadilla que se muerde la cola”: me sobrecargo de trabajo porque no tengo otra cosa mejor que hacer, pero no puedo hacer nada, porque el trabajo ocupa todo mi tiempo. Ummmmm…. Aquí hay algo que no cuadra. 

Al hilo de esto, hay una reflexión sobre el trabajo que escribe el genial Henry Thoreau, que me parece muy reveladora. Está recogida en Pequeña antología y es la siguiente: 

Consideremos el modo en el que pasamos nuestras vidas.

Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe mis sueños. No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. 

(Me sobrecoge la actualidad que tiene este texto, y es que parece que las cosas no han cambiado mucho desde que Thoreau lo escribió hace casi doscientos años, ¿verdad?). 

No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. Un irlandés, al verme tomar notas en el campo, dio por sentado que estaba calculando mis ganancias. (…) Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar (…).

(De igual forma, también hoy en día parece que sólo tiene valor lo que produce algún tipo de beneficio crematístico y lo demás es despreciado y ninguneado con el argumento de que no sirve para nada; véase la poca atención que en la enseñanza se le presta a asignaturas como Arte o Filosofía).

Los caminos por los que se consigue dinero, casi sin excepción, nos empequeñecen. Haber hecho algo por lo que tan sólo se percibe dinero es haber sido un auténtico holgazán o peor aún. El propósito del obrero debiera ser, no el ganarse la vida o conseguir «un buen trabajo», sino realizar bien un determinado trabajo y hasta en un sentido pecuniario sería económico para una ciudad pagar a sus obreros tan bien que no sintieran que estaban trabajando por lo mínimo, para seguir viviendo sin más, sino que trabajaban por fines científicos o morales. No contrates a un hombre que te hace el trabajo por dinero, sino a aquél que lo hace porque le gusta, aunque muy despacio. 

(Me encanta este alegato a favor del trabajo como un fin en sí mismo en vez de como un medio para solo conseguir dinero. Y, ahora, lo mejor del texto, atención).

Es sorprendente que haya tan poco o casi nada escrito, que yo recuerde, sobre el tema de ganarse la vida; cómo hacer del ganarse la vida no sólo algo valioso y honorable sino también algo apetecible y glorioso, porque si ganarse la vida no es de ese modo, no sería vivir. 

Las formas con las que la mayoría se gana la vida, es decir, viven, son simples tapaderas y un evitar el auténtico quehacer de la vida, y sucede así porque, en primer lugar, no saben; pero en parte también porque no quieren hacer nada por aprender algo mejor.

Este último párrafo me parece especialmente esclarecedor, sobre todo en lo que tiene que ver con mi amigo. El trabajo también se puede convertir en una evasión, en una huida, para no vivir plenamente. Según Thoreau, esto puede suceder o bien porque la persona desconoce cómo hacerlo, es decir, porque no sabe cómo conseguir que su vida sea más plena, o porque realmente no quiere hacer el esfuerzo de mejorar.

La verdad es que uno se queda con las ganas de saber cuál es la razón por la que alguien se negaría a hacer el esfuerzo de mejorar, de tal forma que, en vez de intentarlo, tiende a la evasión. Thoreau dice: porque no quieren hacer nada por aprender algo mejor. Pero, ¿por qué no quieren hacer nada por aprender algo mejor? Nos quedamos con las ganas de que el autor nos lo explique con más detenimiento. Por mi parte, me encantaría conocer vuestras respuestas y, sobre todo, me gustaría que mi amigo encontrara su propia razón para poder salir de ese círculo vicioso en el que está metido.