miércoles, 16 de mayo de 2018

LA COMIDA


Mi conmoción me llevó a aceptar el ir a comer a casa de los padres de P. con una actitud máximamente conciliadora. Ya que se había abierto el vórtice había que aprovecharlo. La condición que me puse era la de hablar, aunque sólo fuera durante un rato, de por qué habían mantenido esa actitud de hostilidad durante tanto tiempo. P. no veía claro que sacáramos ese tema, pero para mí era algo fundamental. Necesito saber su versión, su perspectiva, y, sobre todo, necesito tener la convicción de que el desprecio y los ninguneos no se van a repetir nunca. Además, eso de ir a su casa y hacer como si no hubiera pasado nada me parecía de lo más alienante del mundo. 

Así que, para allá que fuimos con mariposillas en el estómago, y es que nunca es fácil enfrentarse a una situación potencialmente incómoda como esa. Cuando llamamos a la puerta, su padre nos recibió como si nos hubiéramos visto ayer mismo y luego salió su madre, con cara de circunstancias y de nuevo sin mirarme apenas a los ojos. Os confieso que me resultó algo divertida su incomodidad. Se notaba que le estaba costando y esto, de alguna forma, me tranquilizó a la vez que me hizo gracia. 

Habíamos quedado en que fuera P. quien iniciara la conversación “difícil” en algún momento de la comida, así que yo estaba esperando a que lo llevara a cabo. Sin embargo, sus padres no paraban de hablar y hablar y hablar y hablar y hablar como si les hubieran dado una cuerda interminable, de tal forma que era casi imposible encontrar un momento de silencio para iniciar cualquier conversación que no estuviera guiada por ellos. ¡Bufffff, qué agotadores resultaban! Con deciros que en menos de una hora ya conocía la mitad de sus vida. Encima el parloteo desmedido, no sólo no propiciaba ningún otro tipo de conversación que no dependiera de ellos, sino que ni siquiera era interactivo, es decir, que apenas nos preguntaban nada ni se trataba de un diálogo donde las dos partes estaban implicadas. En absoluto… Era un hablar por hablar en un frenético intento de huída hacia delante. Estaba claro; no querían ni por asomo que saliera ningún tema que pudiera resultar embarazoso. 

Resultaban tan tan tan agotadores que yo ya había perdido toda esperanza de tener ningún tipo de conversación productiva con ellos. De hecho, me empezó a embargar una sensación de desasosiego y de sinsentido por culpa de la cual casi se me indigesta la comida. No sólo era agotador escucharles, sino que era completamente frustrante, porque se acercaba el momento de irnos y cada vez tenía más claro que no conseguiríamos hablarles acerca de lo que sentíamos. 

Fue entonces cuando se abrió un vórtice, fue minúsculo, casi imperceptible, pero lo suficientemente visible como para que P. metiera la cuña perfecta y se pudiera iniciar un esbozo de conversación que apenas duró dos minutos, porque ya casi estábamos saliendo por la puerta. No dio para mucho, la verdad, sólo pude decirles que me gustaría hablar un día más tranquilamente de por qué pasó todo lo que pasó y de por qué reaccionaron de esa manera. Ellos, con la mirada baja y un tanto avergonzados, me dijeron que sí, que sin problema. Algo es algo… 

En fin, por lo menos P. se sentía muy feliz por el encuentro y eso hizo que se minimizara un poco la sensación de frustración y de cansancio que me invadía por haber tenido que aguantar tres horas de parloteo insustancial y con apariencia de normalidad fingida. Supongo que queda un largo camino por recorrer, aunque os confieso que este primer encuentro me ha agotado por completo. Espero recuperarme pronto y tener de verdad esa conversación esclarecedora que tanto necesito.

jueves, 26 de abril de 2018

LA DE DIOS ES CRISTO



El otro día establecí un diálogo muy interesante con la autora del blog "Se hace camino al pensar" sobre, entre otras cosas, la posibilidad de que la verdad sea una búsqueda constante en el contexto de una religión que establece dogmas inamovibles. Yo no estaba de acuerdo porque me resulta imposible iniciar una búsqueda donde las respuestas ya están dadas de antemano y, además, no te puedes salir de ellas para reformularlas. Sin embargo, ella sí creía que esto era compatible y lo argumentaba de forma coherente (os invito a leerlo). Sobre todo hablamos acerca del dogma que hace referencia a la divinidad de Cristo, es decir, aquel que afirma que Jesús no sólo era hijo de Dios, sino que era el mismo Dios. 

A mí me cuesta mucho asumir que algo pueda ser considerado una verdad absoluta por dos motivos fundamentales. Por una parte, creo que este tipo de verdades están en contra del pensamiento autónomo, porque no dan pie al cuestionamiento ni a la reflexión. Jesús es Dios y punto, lo tomas o lo dejas, y si lo cuestionas para llegar a otra conclusión distinta, ya no puedes ser considerado cristiano. ¡Viva la mayoría de edad del pensamiento! Me parece un asesinato en todo regla de la capacidad crítica. (Esta es mi opinión, por supuesto; si leéis los comentarios de la entrada del blog que os he enlazado antes, veréis que la autora no está de acuerdo y lo justifica bien). 

Por otra parte, hay que tener en cuenta que un dogma no siempre fue considerado como tal, sino que se estableció en un momento concreto de la historia en base a unos intereses también muy concretos y mundanos. En el caso del dogma de Jesús es Dios fue instaurado en el concilio de Nicea en el año 325, después de 30 días de acalorado debate donde, por lo visto, se ponían en juego intereses políticos e ideológicos. Entonces, yo me pregunto, ¿cómo algo que generó tanta polémica y que les costó tanto decidir, puede ser considerado como un dogma y pilar del cristianismo? Encima que esto ocurrió cuatro siglos después de la muerte de Cristo, que se dice pronto. Es decir, que durante más de 300 años se pudo ser cristiano sin creer que Jesús era Dios. Pero después de ese momento, no. Ehhh..., muy riguroso no me parece y obviamente hace que desconfíe un poco de la validez de los dogmas como verdades inamovibles. 

Encima, luego leo noticias como esta y ya me parece innegable que se puede perfectamente interpretar algo en función de los intereses particulares de cada momento. Ahora resulta que la forma de pontificar del Papa es herética, porque a unos cardenales ultracatólicos no les viene bien que Francisco I considere legítimas cosas como que los divorciados puedan comulgar. Pero, ¿no se supone que el Papa es la representación de Cristo en la Tierra y que su palabra es infalible? Pues parece ser que no, que si no concuerda con los intereses de determinados sectores, el Papa puede ser incluso un hereje. 

Quizá cuando entre ellos se pongan de acuerdo puedan convencer a alguien. En mi caso sólo consiguen que me reafirme más en la idea de que las verdades inamovibles no son más que convenciones estratégicamente diseñadas para salvaguardar los intereses de unos cuantos. Así que, lo siento por Leticia y Felipe; yo me lo pensaría dos veces antes de pedir el divorcio. Aunque, qué ingenuidad la mía, en su caso la nulidad está garantizada. ¿Los motivos? Ya se los inventará quien proceda, total, qué importa. 

jueves, 12 de abril de 2018

ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE



Sábado por la tarde
Leroy Merlin
P. y yo mirando calefactores
Señor que empieza a hablarnos efusivamente
Me giro...
El padre de P...
Sigue hablando efusivamente y con una amabilidad casi insultante
Se acerca su madre
Un muro
No me mira a los ojos
Hasta que descubre que soy un ser humano y no un mostruo
Me mira dos veces
El padre no para de hablar de un accesorio para el baño
Sonríe mucho, demasiado
Es la primera vez que estamos juntos en 12 años
Me dice que vaya a su casa a comer, que han cometido errores, pero el pasado es el pasado
Se le empañan los ojos...
A pesar del rencor, me conmuevo
La madre sigue como una roca, infranqueable
Se marchan por fin
Y P. y yo nos quedamos en estado de schok
Hubiera preferido encontrarme con un alienígena

miércoles, 4 de abril de 2018

GAPOS


Tengo que pediros un favor... Es urgente, muy urgente. De hecho, creo que no puedo vivir ni un segundo más sin una respuesta que me convenza de forma definitiva. ¿Alguien puede explicarme por qué muchos hombres escupen por la calle sin reparo alguno? 

Mis hipótesis: 

1. Padecen de un defecto congénito en la glotis. 
2. Sus mucosidades son fatalmente densas, de tal forma que si se las tragan podrían ahogarles. 
3. Están especialmente concienciados con el problema de la sequía y usan los gapos para hidratar el ambiente y conseguir así un mayor nivel de humedad. 
4. Piensan que "civismo" es "ciclismo" mal escrito. 

Me encantaría saber lo que pensáis vosotros, porque yo no salgo de mi asombro. ¡Gracias!

viernes, 16 de febrero de 2018

PATATILLAS


No salgo de mi asombro. ¿Pues no resulta que Pepsi va a comercializar una línea de snacks dirigida exclusivamente a mujeres? Han pensado que comer las patatas, gusanitos, etc., que ahora están en el mercado, no es muy femenino. ¿Por qué? Pues porque te obliga a mancharte demasiado los dedos, con lo cual luego puede que te los tengas que chupar, y porque los snacks crujen demasiado y, en consecuencia, son excesivamente ruidosos. ¡Qué falta de decoro sería para una mujer comer de esa forma! En cambio para un hombre no, porque un hombre puede chuparse los dedos y hacer ruido al comer sin perder su recato en absoluto. Dios... 

Seguramente haya gente que opine que esto no tiene ninguna importancia, que es cosa de puro marketing y que, si no quieres, no tienes por qué comprarte esos snacks. Pero el trasfondo que encierra a mí me resulta aterrador. La intención de esta marca es vender cuanto más mejor, y para ello intenta utilizar las estrategias que considera más efectivas. Si ha escogido sacar al mercado un producto como este es porque ha realizado estudios suficientes como para arriesgarse lo menos posible a que el producto fracase. Por lo tanto, sabe que asociar lo femenino a delicadeza, decoro y ñoñismo tiene éxito. Y esto es lo que me asusta, que la sociedad siga atribuyendo a lo femenino esas características.

Aunque no sé de qué me asombro, la verdad, porque este tipo de asociación está tan presente que es difícil no verla. Sin ir más lejos, el otro día comí con un grupo de amigos y sus hijos pequeños. Dos de ellos (niños de tres años de edad), estaban jugando a dispararse con unos palos que hacían pasar por pistolas. Pues bien, uno de los padres espetó: "Parece que los niños tienen una tendencia biológica a la violencia que no tienen las niñas, ¿verdad?" Buffff... Qué hartazgo... Claro, claro, los niños es que de siempre han sido y son mucho más brutos e impulsivos que las niñas, que son mil veces más tranquilas y recatadas. Bueno, pues nada, sigamos atribuyendo a la biología estas formas de comportarse e ignoremos por completo la cultura y la educación como causa de las mismas.

Es que, además, en el caso de estos dos niños el componente educacional era clamoroso. Resulta que la madre de uno de ellos se quejaba minutos antes de que cuando el niño está con sus abuelos, ve con ellos las películas de indios y vaqueros que echan en Telemadrid y, claro, luego no para de jugar a que mata gente. Y resulta que el otro niño, fascinado por su amigo, imita todo lo que este hace, desde coger un palo y fingir que es una pistola, hasta ponerse a saltar en la cama o a lanzar una piedra al agua. Pero la conclusión más lógica que saca su padre es que son violentos de forma innata. No entiendo nada...

Normal que luego Pepsi quiera aprovechar esta locura de conclusiones y crear patatas para mujeres. Por otra parte, me pregunto cómo se consigue que unas patatas no manchen ni crujan; supongo que tienes que hacerlas secas, bladurrias y enanas. ¡Ummmmm, no puedo esperar para probarlas!


jueves, 8 de febrero de 2018

¿HOMÓFOBO/A YO?


Últimamente me pregunto bastante qué entiende la gente por homofobia. Y es que a lo largo de mi existencia me he encontrado con personas que deben tener una consideración completamente distinta a la que yo manejo de este concepto. Un ejemplo perentorio y muy reciente es el de la jueza María Elósegui que ha sido designada por el gobierno como representante española en el tribunal de Estrasburgo. Pues bien, esta mujer piensa que la homosexualidad es una patología, es decir, que los homosexuales son unos enfermos. Pero, oye, ella no se considera homófoba. No sólo eso, sino que, encima se considera legitimada para participar en un tribunal cuya misión es defender los Derechos Humanos. Ole y ole. 

Y yo me pregunto, ¿qué entenderá esta persona por homofobia? Quizá se esté tomando el término en su traducción literal, a saber, miedo a los homosexuales, de tal forma que la jueza pensará: "Uy, no, no, yo no soy homófoba; los homosexuales no me generan ningún temor, eso sólo Freddy Krueguer". O a lo mejor cree que una persona sólo es homófoba si siente deseos de matar o de agredir a un homosexual: "Para nada, para nada, del mismo modo que no se debe agredir a ningún ser vivo por ser criaturas de Dios, a los gays tampoco, que aunque invertidos, también son parte de la creación, ¿no?". Lo desconozco, aunque me encantaría poder meterme en la cabeza de esta mujer para conocer su diálogo interno. Tiene que ser de lo más delirante. 

Esto ha hecho que piense en mis suegros (pesadillas garantizadas), porque tengo el total convencimiento de que ellos también creen que no son homófobos. "¿Homófobos nosotros? Para nada. Si somos gente de izquierdas de toda la vida, dónde va a parar. Que no hayamos aceptado la relación que nuestra hija tiene desde hace diez años es porque sabemos de sobra que ella no es lesbiana, pero si lo fuera la apoyaríamos a tope".

Ehhhhhh... Bien, por si acaso, tengo que decirlo. Pensar que tu hija no es lesbiana cuando de hecho sí lo es y así te lo ha comunicado, es homofobia en toda regla, porque lleva implícita la consideración de que ser lesbiana es algo denigrante y por eso te niegas a aceptar que le pase a tu hija. Si no tuvieras ningún problema con la homosexualidad, tampoco te importaría que tus hijos lo fueran. Es más, seguramente te sentirías orgulloso y les defenderías en cualquier situación. 

En fin, hay muchos más casos que evidencian esta contradicción, cosa que supongo viene a mostrar que a nadie le gusta que se le considere una persona prejuiciosa. Eso sí, serlo de verdad tampoco les importa mucho, mientras no se note...

viernes, 19 de enero de 2018

PENSAR POR UNO MISMO


Recuerdo un día en el que hablando con un compañero de trabajo se quedó sorpendido al comprobar que pensamiento crítico no significaba juzgar negativamente lo que dijeran o pensaran otras personas, sino que tenía que ver con reflexionar sobre si algo era o no cierto en vez de darlo por sentando sin más. Creo que a veces se cae en esa confusión y se asocia la palabra "crítica" únicamente a su acepción peyorativa y nos olvidamos de que tiene otra mucho más sugerente. 

Ser crítico no es equivalente a ser un criticón que se dedica continuamente a quejarse y a destacar todo lo malo de las cosas que le rodean a modo de juicio inquisitorio. Para nada, ser una persona crítica significa ser capaz de distanciarse de la realidad para poder cuestionarla y analizarla. Se trata de ser capaz de pensar por uno mismo de forma autónoma. 

Para explicar mejor en qué consiste el pensamiento crítico, no se me ocurre mejor forma que con este fragmento, donde Buda lo deja cristalino.

No creáis en nada simplemente porque lo diga la tradición, ni siquiera aunque muchas generaciones de personas nacidas en muchos lugares hayan creído en ello durante muchos siglos. No creáis en nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo creen. No creáis en nada sólo porque así lo hayan creído los sabios en otras épocas. No creáis en lo que vuestra propia imaginación os propone cayendo en la trampa de pensar que Dios os inspira. No creáis en lo que dicen las sagradas escrituras sólo porque ellas lo digan. No creáis a los sacerdotes ni a ningún otro ser humano. Creed únicamente en lo que vosotros mismos habéis experimentado, verificado aceptado después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia. 

Buda, Kalama sutra. Anguttara Nikaya (siglo V a.C.)


Me parece muy sugerente cómo Buda va señalando los distintos ámbitos y elementos en los que depositamos nuestro pensamiento y casi nuestra voluntad precisamente para no tener que hacer uso ni del pensamiento ni de la voluntad. La tradición, la opinión de los otros, la autoridad, la divinidad... Todo unos clásicos de la heteronomía. ¡Qué fácil es entregarse a ellos en un descuido y adormecerse entre sus poderosos brazos que todo lo abarcan! Fácil y peligrosamente cómodo, porque no me digáis que no habéis sentido alguna vez la tentación de suspender vuestra razón para pensar lo que os decían que tenías que pensar. De hecho creo que la mayor parte de nuestra vida, nos encontramos en este estado. A veces conscientemente y otras, inconscientemente. 

Yo siempre me he preguntado cómo fomentar el pensamiento autónomo y cómo asegurarme de que mis ideas son mías y no proceden de otra fuente que no sea mi propio raciocinio. No siempre es fácil distinguir entre un pensamiento autónomo y uno heterónomo, porque tendemos a creer que nuestras ideas son correctas y que el origen de las mismas no es sino nuestra extraordinaria capacidad de pensar. Pero, en realidad, hemos adquirido la mayoría de ellas sin cuestionarlas en absoluto.

Precisamente el cuestionamiento es una de las claves para asegurarnos de que pensamos algo por convicción y no por mera adquisición heterónoma. Preguntas como: ¿esta idea es verdaderamente así? ¿De dónde proviene? ¿Cómo y por qué empecé a pensarla? ¿Se puede comprobar la veracidad de la misma? ¿Por qué pienso que es cierta?, nos pueden ayudar a reconocer si nuestros pensamientos son o no autónomos. 

Ójala ser más críticos se convirtiera en uno de esos propósitos cumplidos de año nuevo, aunque me temo que no está muy de moda últimamente, así que no creo que esté incluido en casi ninguna lista que se precie. Pero bueno, casi mejor así, porque ya se sabe lo que suele pasar con dichos propósitos; naufragan. ¡Muy feliz año nuevo a todos/as!  

viernes, 15 de diciembre de 2017

LA CARTA IMPOSIBLE


Queridos suegros:

Ha pasado más de un año desde que llamasteis a P. para darle la gran noticia. Permitidme que lo llame así, porque para mí el hecho de que por fin aceptarais a P. y nuestra relación, fue todo un hito, una alegría inmensa que había estado esperando desde hace ya mucho tiempo. Bueno no, no voy a engañaros; en realidad ya no lo esperaba. Lo esperé durante años, pero en vista de que no ocurría y de que, de hecho, en vez de avanzar en este sentido, muchas veces se produjeran retrocesos, dejé de esperarlo. Psicológicamente me resultó mucho menos doloroso rendirme a la evidencia de que ese día nunca llegaría, a seguir pensando que sí lo haría. 

La verdad es que sentí muchas cosas cuando P. me lo contó. Entre felicidad, desconcierto, miedo, contrariedad… Una confluencia de emociones que se arremolinaban inundándolo todo. Y más aún pasadas unas semanas, cuando me dijo que le habíais pedido perdón. Me pareció un gesto valiente, a la vez que un mínimo absolutamente imprescindible para que la aceptación se convirtiera en un hecho, y no se quedara en mera teoría. Sin embargo, luego se hizo el silencio. Uno de los silencios más desoladores de todos los vividos con vosotros en estos once años. Porque, sí, son once años los que dura nuestra relación; y once años dan para muchos silencios y ninguneos, vosotros bien lo sabéis. 

Este ha sido especialmente doloroso, por lo inesperado y absurdo del mismo. De hecho, me ha resultado imposible comprenderlo y supondría un alivio para mí si me lo pudierais explicar en algún momento. El principal asombro que me surge ante vuestro silencio es el siguiente: ¿por qué después de pedirle perdón a P. y de supuestamente aceptarla su condición y nuestra relación, dejasteis de hablar sobre el tema y volvisteis a hacer como si nada hubiera pasado? Sobre todo teniendo en cuenta que P. os pidió explícitamente que fuerais vosotros los que lo sacarais para que la confianza pudiera restablecerse. Como es lógico y después de tantos desplantes, a P. le cuesta un mundo hablar con vosotros de esto, por lo tanto me parece muy lícita y comprensible su petición.

Pues bien, una de las razones por las que os escribo hoy es porque me gustaría comprender la causa de que este proceso haya quedado en nada, pero, sobre todo, porque me gustaría que siguiera adelante. Como desconozco completamente el porqué de este estrepitoso parón, no sé si yo tengo algo que ver en el mismo, así que, por si acaso así fuera, quería dejar muy claro que por mi parte no hay ningún problema. Mi mayor deseo es que la relación que tenéis con P. pueda recobrar la autenticidad y confianza que tenía antaño y, también, que entre nosotros podamos establecer una nueva relación sin resentimientos, miedos ni reproches. 

Sé que me va a costar, para qué engañaros; durante todos estos años he acumulado mucho rencor, sobre todo motivado por el dolor que me ocasiona el no entender vuestra forma de actuar. Ha sido muy duro no poder contar con el cariño de mis suegros, ni siquiera con una mínima relación de tolerancia. Al igual que ha sido desolador, imaginarme lo que podíais pensar de mí sólo por el hecho de haberme enamorado de P. y de haber querido compartir mi vida con su persona. Y si ha sido duro para mí, os podéis imaginar lo que ha supuesto y supone para P. No tengo palabras para describirlo. Para P. sois las personas más importantes de este mundo y os quiere con una autenticidad y una bondad extremas. 

De hecho, y perdonad por la brutal honestidad, si me llega a pasar a mí lo que le ha pasado con vosotros, os hubiera mandado a la mierda desde hacía ya mucho tiempo. Pensar que mis padres me rechazan por tener una relación con alguien de mi mismo sexo, para mí supera con creces los límites de todo lo tolerable. Es una falta de respeto estrepitosa. Sin embargo, P. ha intentado que su relación con vosotros no solo no se perdiera, sino que fuera lo mejor posible, aunque eso supusiera no hablar de su orientación sexual ni de la relación que mantenía conmigo. Y, también, aunque eso supusiera que entre P. y yo surgieran roces, pues para mí no era nada agradable ni muy comprensible que P. defendiera la relación que tiene con vosotros bajo capa y espada. Así que, podéis estar muy orgullosos de P.; moralmente ha demostrado una actitud impecable.

A mí me gustaría mucho estar a su altura y, por eso, quiero hacer todo lo posible para que el proceso que iniciasteis el año pasado, siga adelante. Por tanto, os reitero mi deseo de normalizar las cosas y de que podamos mantener una relación de cariño y aprecio mutuo. Por mi parte, para que esto pueda darse, sólo me falta entender cuáles han sido las causas de que no haya podido ocurrir antes y qué pensáis y sentís sobre este tema. Será un placer escucharos y tengo una completa disposición a dejar atrás todo el dolor y el rencor sentido antaño. 

Quedo a la espera de vuestra respuesta. Un fuerte abrazo. 

D.P.

martes, 28 de noviembre de 2017

AMIGOS DE VERDAD


Situación: grupo de wasap donde somos cinco amigos. Por los ajetreos de la vida, no nos vemos mucho y esta es nuestra manera cotidiana de comunicarnos. 

Desbordamiento: una de las amigas del grupo sólo escribe cuando necesita algo. Si no, el resto del tiempo, salvo raras excepciones, no contesta a los mensajes. 

Yo ya tenía la sospecha de que esto era así, pero aún no lo había confirmado, bien porque me costaba creerlo, bien porque no había encontrado la prueba que lo evidenciara de forma definitiva. Pero ayer ocurrió; la sospecha se convirtió en certeza. De repente, después de no escribir en el grupo durante varios días ni interesarse por ninguna de las circunstancias personales de las que estábamos hablando, inició ella una conversación. Resulta que tenía que prepararse un taller y nos pedía materiales y opinión sobre los temas polémicos que pudieran surgir. Qué casualidad... 

Sí tenía materiales para su taller y sí se los pasé; no me sale hacer otra cosa. Pero me pregunto hasta qué punto la relación que tenemos se puede llamar de amistad. De hecho, me recordó al segundo tipo de amistad que describe Aristóteles en su Ética a Nicómaco. He aquí un fragmento donde lo explica:

“Hay tres clases de amistades (...). Los que se aman mutuamente quieren el bien los unos de los otros, según la naturaleza de su amor. Los que se aman por la utilidad no se aman por sí mismos, sino con la esperanza de obtener del otro algún bien. Y lo mismo ocurre con los que se aman con vistas al placer; no aman a las gentes de talento por sus cualidades, sino por lo gratas que les resultan. Así pues, los que aman por la utilidad buscan lo que les conviene. Los que aman por el placer buscan lo que les es agradable. No aman al amigo porque sea él, sino en la medida en que les es útil o agradable. Estas amistades nacen accidentalmente; no aman a su amigo por lo que es, sino porque es capaz de procurarles alguna ventaja o algún placer. Estas amistades son muy frágiles, porque los amigos no siempre permanecen iguales; cuando ya no son útiles ni agradables, dejan de amarse (...). La amistad perfecta es la de los hombres buenos y la de los que se unen por la virtud. En efecto, estos se desean mutuamente un bien semejante en la medida en que son buenos, y son buenos en sí mismos. Pero la cima de la amistad es querer el bien de los amigos por sí mismos, porque esta disposición es esencial, no accidental.”

Aristóteles viene a decir que la verdadera amistad es la de aquellos que se quieren como un fin en sí mismo y no como un medio. Y que esas amistades en las que se mantiene una relación por las ventajas utilitarias que el otro te proporciona son débiles y poco duraderas. Y también descorazonadoras, sobre todo cuando tienes la sensación de que sólo le interesas al otro por los favores que puedas hacerle. Porque una cosa es que le pidas un favor a un amigo y otra es que sólo te interese mantener la relación con él por los favores que te hace. 

Es ahí donde radica la diferencia entre fines y medios. A los amigos de verdad se les quiere por sí mismos y si luego te hacen favores y te ayudan con tus problemas, pues, genial, no se convierten por ello en meros medios, ya que esto es secundario a la verdadera esencia de la relación. Pero, cuando una persona sólo te quiere por lo que le puedas proporcionar a nivel utilitario, la amistad no es más que un medio que convierte la relación en inauténtica. 

Me resulta un poco traumático que la relación con mi amiga se haya convertido en el ejemplo perfecto para ilustrar el segundo tipo de "amistad" que describe Aristóteles en el texto, pero me consuelo pensando que quizá no sea más que una etapa y pronto podamos recuperar la intimidad y la confianza de antaño. 

Aunque, no sé hasta qué punto esto será posible; me parece más fácil revertir una situación de este tipo si se tratara de la tercera clase de "amistad" a la que se refiere Aristóteles, es decir, si eres "amigo" de alguien porque te hace sentir bien el estar con él o ella. Sería, creo, el típico ejemplo de dos colegas, que quedan y se relacionan porque se lo pasan bien juntos, pero no llegan a quererse como fines en sí mismos, sino que siguen siendo medios, cuyo fin es conseguir placer. Por lo menos, en este caso, el beneficio que se consigue es mutuo y agradable. 

En fin, me quedo con la interesante reflexión de Aristóteles acerca de en qué consiste la verdadera amistad y os invito a que aportéis vuestras consideraciones y posibles respuestas a esta pregunta implícita que a mí, particularmente, me resulta tan sugerente.

jueves, 9 de noviembre de 2017

EL MILAGRO DE THE CLAMS


Partamos del hecho de que soy una ameba. Esto quiere decir que cuando voy a un concierto, como mucho, muevo la cabeza hacia delante y hacia atrás en un sutil balanceo casi imperceptible. Es mi tope; mi límite máximo de movimiento corporal admisible. O eso creía...

Era de noche, una agradable noche de otoño, de esas en las que te entran ganas de prolongar tu existencia porque la belleza del momento te embarga y piensas que toda tu vida podría ser igual que ese instante. Ilusión pura, que suele desvanecerse con una facilidad de vértigo. De momento, no se había desvanecido, permanecía intacta y envolvía el transcurrir de cada segundo.

Se acercaban las once y mis amigos y yo nos dirigimos al Tempo Club, donde esa noche tocaban The Clams. Una amiga me había hablado de forma muy entusiasta acerca del grupo y había tenido el detalle de invitarnos al concierto para que pasáramos, según sus palabras, "el mejor momento de nuestro día". Yo, persona escéptica de nacimiento, le agradecí su entusiasmo, pero dudé de que fuera así. Normalmente, a las once de la noche de cualquier día, lo mejor que me puede pasar es irme a la cama. En fin, habría que darle una oportunidad. 

Entramos en la angosta pero acogedora sala, estábamos casi solos. Poco a poco se fue llenando, mientras el grupo tardaba demasiado en aparecer. "El mejor momento de nuestro día" se empezaba a convertir en "el sopor más intenso de nuestra existencia". De hecho, me hubiera dormido allí mismo si no hubiera sido porque mis amigos no dejaban de meterse con mi marmotismo generalizado, los muy cabro... Por desgracia, cualquier resto de la anterior sensación de belleza embriagadora se había evaporado. 

Pasadas las once y media, por fin salió el grupo al escenario. ¡Aleluya! Di un respingo en el taburete donde había conseguido acomodarme y me incorporé a la vez que me frotaba los ojos intentando desperezarme de la manera más digna posible. Cuando comencé a recuperar la visión después del frote, mis sentidos comenzaron a estimularse al comprobar cómo las ocho componentes del grupo se colocaban delante de sus instrumentos y se disponían a comenzar. Una bajista, una guitarrista, una baterista, una teclista, una saxofonista, una trompetista, una corista y la cantante. ¡Guauuuu! Verdaderamente tenían una presencia muy potente en el escenario que me sorprendió. 

Nuestra amiga nos había comentado que The Clams tenía un estilo cercano al rhtythm and blues, cosa que a mí ni me iba ni me venía. Sin embargo, cuando empezaron a sonar los primeros acordes, noté algo completamente inusual: mis pies empezaban a cobrar vida propia. Y no sólo eso, sino que parecía incluso que mis caderas pretendían moverse. Esta anomalía se prolongó durante todo el primer tema. Yo pensé que había sido algo fortuito, fruto del factor sorpresa, pero resultó que no, que la anomalía continuó tema tras tema extendiéndose por todo mi cuerpo. ¡Estaba bailando! ¡Dios mío! ¡Yo! ¡Bailando!

La energía de The Clams se me metió hasta el tuétano de los huesos inundándome completamente. ¡Qué intensidad! ¡Qué fuerza! Cada canción que tocaban resultaba un subidón para el cuerpo y para el alma. Esto lo conseguían en parte gracias a la calidad de sus temas y en parte gracias a su actitud en el escenario. Continuamente te interpelan para que bailes, para que des palmas y, en definitiva, les acompañes en cada una de las canciones y te entregues por completo a sus armonías pegadizas y vibrantes. Tanto es así que consiguieron que se produjera el milagro de que yo, ameba, molusco, zombie por excelencia, me pusiera a bailar como si no hubiera mañana. 

Cuando terminó el concierto, me volví hacia mi amiga y, con un entusiasmo inusitado, la abracé hasta dejarla casi sin aliento, mientras le daba la razón porque, sí, realmente había vivido el mejor momento de mi día, y del mes, si me apuras, a pesar de las agujetas. 

Conclusión: si tenéis la oportunidad de ver a The Clams en directo, no la dejéis escapar. Os lo dice la ameba convertida en Travolta.

Parte del grupo tocando en Fnac