domingo, 3 de septiembre de 2017

REGRESO AL PASADO


Durante gran parte de mi vida, he tenido la fantasía de dar marcha atrás en el tiempo para poder vivir otra vez el pasado y así cambiar a mi gusto todo lo que considero que debería haber hecho de otra forma. Me torturan los fallos que he cometido y todos esos deslices que ya no tienen solución, y la idea de volver para arreglarlos me genera una satisfacción brutal. Sé de sobra que esto no sería posible, no sólo porque los viajes en el tiempo son (de momento) pura ciencia ficción, sino porque, en el hipotético caso de que pudiera regresar al pasado, el mínimo cambio que hiciera en él, provocaría una serie de causas y efectos que modificaría todo, de tal forma que ya no sería como lo viví la primera vez. Así que, sólo podría hacer un único cambio; lo demás sería distinto (cuantísimo le debo a Regreso al futuro). 

Hay también otra interpretación de estos viajes imposibles. Muchos sostienen que, si volviéramos a vivir nuestras vidas, cometeríamos exactamente los mismos errores, porque es imposible librarse del flujo causal ya existente. Aquí entra en juego la idea del determinismo físico, que vendría a decir precisamente que todo lo que ocurre está determinado por la sucesión de causas necesariamente ya dadas y no podría haber ocurrido de otra forma. Esta tesis resulta bastante polémica porque si la aceptamos, estamos negando que la voluntad tenga ningún poder para decidir absolutamente nada.

Hay un fragmento de Schopenhauer, recogido en su obra "Sobre la libertad de la voluntad", que me encanta a este respecto: 

Imaginemos un hombre en la calle que se dice a sí mismo: “Son las seis de la tarde; he terminado el trabajo; puedo dar un paseo; puedo ir al club; puedo subir a la torre para ver la puesta de sol; puedo ir al teatro; o visitar a este o a aquel amigo; puedo ir campo adelante y no volver; puedo hacer todo esto, con plena libertad; sin embargo, no hago nada de eso, sino que voy a casa con mi mujer, porque quiero”. Es como si el agua dijera: “Puedo formar olas inmensas (¡ya lo creo!, el mar embravecido); puedo deslizarme rápidamente (en el lecho del torrente); o puedo precipitarme llena de espuma (en la cascada); saltar libre en el aire (en la fuente); puedo hervir y desaparecer (a cien grados); pero, finalmente, prefiero permanecer tranquila y clara en este riachuelo”. Del mismo modo que el agua puede hacer estas cosas sólo cuando concurren las causas determinantes de cada una de ellas, así, el hombre de antes no puede hacer nada de lo que se ha propuesto, si no concurren las causas correspondientes. Le resulta imposible hacer nada si no se le presentan las causas; pero tendrá que hacerlo cuando se encuentre en las circunstancias correspondientes, como le ocurre al agua.

(…) De esta forma, desear que un suceso cualquiera no hubiese ocurrido es un necio auto-tormento; pues significa desear algo absolutamente imposible, y es tan irracional como el deseo de que el sol saliera por el oeste. Ya que todo lo que acontece, tanto grande como pequeño, ocurre de forma estrictamente necesaria, es absolutamente vano meditar sobre los insignificantes y casuales que eran las causas que han producido aquel suceso, y con qué facilidad podrían haber podido ser de otra manera, pues eso es ilusorio —en la medida en que todas se han producido con la misma necesidad estricta y han actuado con el mismo poder perfecto que aquellas a consecuencias de las cuales el sol sale por el este. Debemos más bien considerar los acontecimientos, tal y como se producen, con los mismos ojos con los que consideramos la letra impresa que leemos, sabiendo muy bien que estaba ya allí antes de que la leyésemos.

En el ejemplo del texto, el hombre cree que está eligiendo entre un montón de posibilidades, pero, en realidad la elección no existe, sólo la ilusión de la elección. Según Schopenhauer él no podría haber hecho otra cosa porque las causas precedentes a su acción le han conducido inevitablemente a "elegir" irse a casa con su esposa. El hombre cree que su decisión es libre, pero en realidad lo que ocurre es que desconoce las causas que le han llevado a tomar dicha decisión. Por lo tanto, en ningún caso podría haber realizado otra acción (a no ser que las causas precedentes hubieran sido distintas).

Aún más, todo lo que acontece ocurre así irremediablemente y es imposible que hubiera sucedido de otra forma. Por eso no tiene ningún sentido plantearse siquiera que se podría modificar el pasado. Incluso Schopenhauer llega a decir que todo está escrito ya de antemano, es decir, que existiría un destino ya prefijado. Esto nos conduce a la interesantísima pregunta de si realmente somos libres. Un gran dilema para tratar con calma en próximas entregas. De momento, seguiré soñando con la posibilidad de enmendar mis errores, aunque debería dejarlo por inútil. En fin, de ilusión también se vive.

jueves, 24 de agosto de 2017

LA CONFIANZA DA ASCO


Hay algo en mi vida que me avergüenza profundamente; es una mácula con la que tengo que lidiar y que aún no he conseguido borrar del todo. Cuando era más joven (digamos que a los dieci pocos), tenía clarísimo que a mí jamás me pasaría lo que, supuestamente, decía todo el mundo que ocurría inevitablemente en la relación con los demás: que cuanto más conoces a alguien y más confianza tienes con él o con ella, más te permites el lujo de faltarle al respeto, vamos que, como reza el título de esta entrada, la confianza empieza a dar un ascazo del copón. 

Pues bien, yo siempre juré y perjuré que a mí no me pasaría eso. Me parecía inconcebible que pudiera empezar a tratar con menos respeto del debido a alguien a quien quisiera. ¿Por qué iba a hacerlo si era un ser querido? ¡No tenía ninguna lógica! De hecho, me parecía más coherente que mi trato no fuera tan amable o tan correcto con personas por las que no sentía ningún afecto. Pero, ¿por mis seres queridos? IMPOSIBLE. Hasta que comencé a vivir en pareja y me tuve que comer mis palabras una a una.

En un principio, el respeto por mi pareja, P., era exquisito y no había nadie en el mundo al que tratara de forma más cuidadosa. Nos respetábamos profundamente tanto en lo cotidiano como en lo que se escapaba de lo habitual y no había ninguna salida de tono ni nada por el estilo. Pero, con el paso del tiempo, y diría que con el roce de la convivencia, empezaron a surgir los primeros desdenes. 

Me acuerdo perfectamente del primero de ellos. Un mueble del Ikea para nuestra casa recién alquilada fue el que desató el asco de la confianza. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer mismo; se trataba de un zapatero súper chuli que habíamos comprado para la entrada. Nuestros primeros muebles, nuestra primera casa… Ideal… En teoría, claro, porque en la práctica, una mierda pinchada en un palo. Y es que los muebles del Ikea son tremendos y sospecho que habrán sido los responsables de más de una ruptura. 

Lo cierto es que el montaje de un mueble del Ikea no es especialmente engorroso; de hecho, dependiendo del mueble, suele ser bastante fácil y accesible sin tener ningún conocimiento en absoluto de ebanistería, ni ninguna destreza en especial. Lo que es súper difícil es ponerse de acuerdo para montarlo. O, más bien, dejar de controlarlo todo para que las cosas salgan como tú quieres. Ese es el problema; el control. Tú tienes una idea clarísima de cómo hay que montar el mueble y resulta que al otro le pasa exactamente lo mismo, pero esas ideas no coinciden para nada; en este caso, P. iba a un ritmo y con un esquema previo muy diferente al mío.

La cosa no comenzó mal del todo; sacamos los bártulos, los ordenamos más o menos y nos pusimos a seguir el folleto explicativo. Todo empezó con el atornillado. ¡Diooooossss! Consejo útil si nunca habéis atornillado de forma masiva: comprad un atornillador eléctrico, porque si no, vuestra relación se destruirá, al igual que vuestros músculos. Comienza con un ligero dolor de muñeca y piensas: “Bua, no pasa nada, esto lo aguanto yo sin problema”. A los pocos minutos ya empiezas a notar las punzadas en el músculo… y ahora piensas: “¡Vaya!, esto es más jodido de lo que creía”. Pero sigues y sigues; y, claro, en estas condiciones, la mitad de los tornillos te han quedado torcidos y poco firmes y las piezas que se suponen casan gracias a ellos parecen un despropósito. Y, mientras, tu pareja te dice que así no, que tienes que desatornillarlos y volverlos a apretar todos bien. What! Fuking mierda… “Pues a ti tampoco es que te hayan quedado estupendos; a lo mejor si pones así esto y luego lo otro más acá…”. “Ya, pero si tú dejas de pisar esa pieza lo mismo puedo poner yo esto aquí…”. “Bueno, vale, cuando tú me des esa otra a lo mejor puedo dejar esta para que la pongas”. Y así un sinfín de pullitas que poco a poco van convirtiéndose en reproches y al final acaban siendo casi faltas de respeto. 

Asco, asco puro, que se repite una y otra vez hasta que, por fin, se termina la tortura. El mueble está montado. Y, ¡vaya!, contra todo pronóstico, no ha quedado nada mal. Eso sí, la relación ya está dañada y hay que restablecer el amor previo que ha sido mancillado. Y se hace con mucho gusto y con urgencia, porque permanecer en estado de hostilidad es desagradable y no deseado. Sin embargo, a pesar de que se restablezca, se ha abierto un vórtice antes no existente que ya no se cerrará jamás. Unas veces será más grande, otras será más pequeño, pero ya nunca desaparecerá y, como te descuides, te puede llegar a absorber por completo. Es el asco de la confianza; la gran mácula que me perseguirá hasta el día en que me muera (permitidme la exageración).

jueves, 10 de agosto de 2017

DEL MITO AL CHASCO


Hay varios relatos míticos de cómo los niños vienen al mundo. Que si la cigüeña, que si crecen dentro del estómago después de que te tragues un hueso de aceituna, que si surgen cual setas de debajo de una col (este es el que más me gusta; de hecho tengo el convencimiento de que yo vine al mundo de esta forma; de ahí mi afición por los vegetales)… Parece todo tan fácil y tan idílico en ellos… Una mierda pinchá en un palo. Tener hijos es lo más difícil del mundo. Cuando me enteré de las probabilidades de concebir mi sorpresa fue enorme; ¡sólo un 25% a partir de los 30 años! ¿En serio? Me pareció de coña. Y si a eso le sumas el hecho de que no es fácil identificar los días en los que es más propicia la concepción, la cosa está jodida. 

P. y yo lo llevamos intentando tres años y no ha habido manera. Al principio, no había forma de que se diera el embarazo. Y luego, cuando sí lo hubo, no salió adelante. Una de las peores cosas que me han pasado en la vida ha sido vivir el aborto de mi hijo. Fue absolutamente desgarrador. El aborto se produjo a las 9 semanas, después de que ya hubiéramos escuchado el latido y hubiéramos visto su forma de cacahuete. Cuando escuché su corazón, me puse a llorar. Fue algo espontáneo, no pude evitarlo ni quise evitarlo; me desbordé completamente. Y, luego, cuando nos dijeron que no salía adelante, que su corazón se había parado, no lloré. Me inundé. Desde entonces, no he podido parar de inundarme, aunque hay días en los que no hay lágrimas; simplemente un flujo silencioso de tristeza. 

Después de aquello, nos costó volver a intentarlo, pero, aun así, lo hicimos. Y volvió a salir mal; no tanto como la vez anterior, pero mal al fin y al cabo. Tuvimos un bioquímico. Para los que no sepáis lo que es, se trata de un aborto pasadas unas dos semanas desde la fecundación, donde al zigoto casi ni le da tiempo a convertirse en embrión. El caso es que sí consigue implantarse en el útero, pero a los pocos días deja de estar en él. Fue un palo bastante grande y nos desanimamos muchísimo, sobre todo porque pensábamos que nunca lo conseguiríamos. Y esta sensación se incrementó notablemente cuando tuvimos el tercer aborto, también bioquímico. 

Era de coña, algo parecido a estar en una pesadilla interminable de la que no sabes cómo despertar. Se nos quitaron las ganas de vivir. Y es que es una situación desesperante, porque no sabes lo que pasa y no puedes controlar nada en absoluto, ya que casi nada depende de ti. Los médicos te dicen que es normal, que los abortos son de lo más cotidiano, que tengamos paciencia porque lo más seguro es que llegue en el próximo intento. Pero a mí eso me parece retórica de mierda. Por lo menos, ahora nos están haciendo pruebas para descartar que haya algún problema real y no mera mala suerte. Pero que tengas que pasar por tres abortos para que te empiecen a hacer algo de caso, no me parece ni medio normal. 

No sé cómo saldrá todo finalmente; quizá descubran algo en las pruebas o, por el contrario, no haya nada destacable y nos digan que es cuestión de seguir intentándolo. Yo sólo sé que estoy casi sin fuerzas y P., ni te cuento.

jueves, 3 de agosto de 2017

ENCRUCIJADA


¿Qué se hace cuando tu pareja quiere tener hijos y tú no? Es uno de esos temas peliagudos con difícil solución. Bueno, básicamente creo que hay dos opciones:

1. Dejar la relación.

2. Tener un hijo.

Yo me he decantado por las dos. Parece imposible, y lo es si las dos se dan juntas; pero no si haces primero una y después la otra. 

Cuando se nos planteó esta diatriba, estábamos en un momento de la relación muy complicado. Como ya os he comentado en entradas anteriores, las consecuencias que tuvo el desbordamiento provocado por mis suegros fueron nefastas, y una de ellas fue que P. y yo rompiéramos. Pero esta no sólo fue la causa de nuestra ruptura; también lo fue nuestra discrepancia en el tema de tener o no hijos. Yo no quería y P. sí. Entre eso y que yo estaba en un momento de mi vida incompatible con el contacto íntimo con cualquier ser humano que se precie, decidimos dejarlo por un tiempo. 

Fue duro, muy duro; me fui a vivir a casa de mis padres, cosa que me sumió en la depresión más profunda de mi vida. Y es que, el bajonazo fue tremendo. Pasar de vivir con completa independencia a volver al hogar paterno filial, es una de las peores cosas que le pueden pasar a alguien. Al principio no estuvo mal del todo porque mis padres me ofrecieron la comodidad y el calor que necesitaba, pero una vez transcurridos varios días, la situación pasó de reconfortante a asfixiante. No sé qué le ocurrió a sus mentes, pero de pronto para ellos volví a tener 8 años y, coherentemente, me empezaron a tratar como tal. El agobio fue máximo, tanto que, a pesar de no tener ni un duro, empecé a buscar un piso o una habitación para mudarme. 

Al final no tuve que hacerlo porque, afortunadamente, P. y yo volvimos. Me di cuenta de que, sin su presencia, mi vida no tenía sentido en absoluto. Me encontraba con tal vacío, que ya no podía existir. Sólo sentía angustia por no estar a su lado y tenía la certeza de que había cometido un error inmenso al haber dejado la relación. Así que volvimos y es lo mejor que he hecho en mi vida, después de comenzar la relación. 

Pero, claro, el problema de los hijos no había desaparecido. Se nos seguía planteando esta cuestión y había que abordarla, porque, por muchas ganas que tuviéramos de volver, no serviría de nada si no resolvíamos la disyuntiva. Las opciones seguían siendo las mismas. Si yo seguía sin querer tener hijos, la relación era imposible. Pero yo no quería que la relación se acabara. Aunque tampoco quería tener hijos. ¿Qué hice finalmente? Asumir el hecho de que la relación sólo podía continuar si yo aceptaba el tener descendencia. No cabía otra y mi deseo de estar con P. era más fuerte que mi rechazo por formar una familia. 

Así que lo estamos intentando y, de momento, he sufrido más de un desbordamiento por esta causa, que espero poder relataros muy pronto.

miércoles, 26 de julio de 2017

LA DESCENDENCIA


Cuando llegas a una determinada edad y tienes pareja estable, la gente se vuelve loca. Sí, loca de remate. Es como si una especie de parásito se instalara en su cerebro cuya única misión es la de recordarte que ya es hora de que tengas descendencia. Y erre que erre que erre. “¿Cuándo os vais a animar?” “¿Ya estaréis pensando en tener hijos, no? ¡Que se os pasa el arroz!” “Que vuestros padres querrán ser abuelos”, son las frases top ten del momento. Yo me lo tomo con humor, aunque en el fondo me desborde. ¿Por qué se da por hecho que todos los seres humanos en este planeta queremos tener descendencia? ¿La gente no se para a pensar que no todo el mundo quiere tener hijos? ¿Que ni siquiera es deseable? No sólo porque ya haya demasiados seres humanos poblando la Tierra y arrasando con sus recursos, sino porque una persona no siempre está capacitada para cuidar de esas pequeñas criaturas llamadas niños. 

Yo me considero una de ellas. Bueno, creo que sí soy capaz de cuidar a un niño, incluso diría que a varios. De lo que no soy capaz es de querer hacerlo. Tiene para mí pocos atractivos, qué le vamos a hacer. Y no es que no me gusten los niños. Para nada, los niños me gustan bastante. Me parecen personas interesantísimas y, en general, muy divertidas. De hecho, me lo paso genial con ellas, pero (y aquí es donde viene la gran matización) SÓLO DURANTE UN RATO. 

Cuando veo a mis amigos y amigas, los que son padres y madres, todo el santo día, que si en el médico porque el niño se ha puesto malo, que si levantándose cada tres horas porque necesita comer, que si limpiando caca, pis, mocos, que si intentando que se coma el puré, que si desvelándose cada dos porque tiene pesadillas… ¿EN SERIO? ¿De verdad a alguien le puede resultar sugerente la idea de tener hijos ante este panorama? La gran refutación a este argumento que toda la gente me espeta es: “No, no, esto es sólo una parte. Hay otra que compensa con creces”. Pero, cuando les pregunto cuál es, en qué consiste, la respuesta es tan difusa que no consigue convencerme: “Un niño te aporta tanto…” Sí, pero ¿qué exactamente? “El amor que da y que tú le das no tiene precio” Bueno, pero, ¿cuándo exactamente? ¿Entre cambiarle el pañal y que llore cuando no le dejas comer chuches? Porque, tal y como me hablas de tu hijo, parece que el cansancio, la rutina, el tedio, lo ocupan todo. Si compensara tanto el amor, ¿no me estarías hablando continuamente de eso? O, por lo menos, ¿no lo nombrarías más? Ummm… Sospechoso. 

El caso es que yo nunca he querido tener hijos. Me arriesgo a quedarme sin todo eso que aportan. Y si algún día me arrepiento y ya es demasiado tarde, pues ajo y agua. Por lo menos me satisfará el hecho de que fue una elección consciente. El problemón que me asola es que P., sí quiere tenerlos. Es para P. una necesidad imperiosa e irrenunciable. IRRENUNCIABLE. Os podéis imaginar la encrucijada en la que me encuentro… Una auténtica putada.

P.D. Por si no lo parece dada mi vehemencia, quiero hacer constar que siento una infinita admiración y respeto por todas las personas que tienen hijos o que deciden tenerlos. 

martes, 11 de julio de 2017

RUPTURA


Destrucciones hubo varias antes de que se produjera la más radical y dramática de todas: la de nuestra relación. 

Yo no estaba bien; todo mi ser se encontraba revuelto, como cuando montas en barco y te mareas irremediablemente y sabes que no puedes hacer nada por dejar de sentirte así. Solo esperar a que el incesante oleaje cese, cosa que únicamente ocurre cuando llegas a tierra. 

Eso era lo que yo necesitaba, llegar a tierra. Pero me encontraba en plena tempestad.

Hacía tiempo que no conseguía mantener cierta estabilidad con P. Me exaltaba a la mínima y casi nunca nada me parecía bien. Después del incidente del transporte al aeropuerto, no podía ni oír hablar de sus padres y cada cosa que hacía P. con ellos me parecía un acto de connivencia y de traición total (aunque en el fondo no lo fuera). Por primera vez en mi vida supe lo que era odiar y me di cuenta de que hasta entonces nunca lo había experimentado. 

La cotidianidad estaba marcada por mi mal humor y mis reproches, que empezaban a ser demasiado frecuentes. Sobre todo cuando mi inseguridad se disparó hasta límites insospechados. Una exigencia fue el detonante de nuestra ruptura. Después de todo el dolor que mis suegros nos habían causado, yo creí que lo más justo es que no tuvieran las llaves de nuestra casa (hacía tiempo que P. se las había dado por si ocurría alguna emergencia). ¿Por qué iban a tenerlas si no querían ni pisarla a pesar de que les habíamos invitado y seguían con sus ninguneos y con su rechazo explícito a nuestra relación? Me parecía que eran las personas menos indicadas para tener las llaves de nuestro hogar. Era como si un torturador tuviera las llaves de sus torturados. En fin, un despropósito. 

El hecho de que P. les pidiera las llaves era para mí una prueba de que la connivencia con ellos se había terminado y de que su compromiso con nuestra relación estaba por encima de cualquier cosa. Lo que ocurrió fue que P. nunca les pidió las llaves, porque quería evitar la situación violenta que podía producirse. Yo la entendía, pero le decía que no tenía por qué hacerse de forma violenta, que simplemente pusiera una excusa y nunca más les devolviera las llaves, así de simple. Pero fue imposible. 

Y yo hice lo peor que podía haber hecho: me lo tomé como un agravio. Cuando, en realidad, no tenía nada que ver conmigo. Presioné demasiado a P. y al no conseguir mi propósito, la inseguridad que sentía se incrementó y se manifestó a través del reproche y de la ira. En resumen, me convertí en una persona insoportable. Como he dicho antes, casi siempre estaba de mal humor, ponía pegas a todo y aprovechaba la mínima para soltar alguna perla. Debía ser una mierda auténtica vivir conmigo. Así que, después de hablarlo largo y tendido, tomamos la decisión conjunta de dejar la relación. Y así lo hicimos. 

Los meses que duró nuestra separación fueron los más tristes de mi vida. Pero, en realidad, fue lo mejor (y lo único) que podíamos hacer. Nos sirvió para airearnos, renovarnos y recuperar el equilibrio. Por fin pude llegar a tierra...

jueves, 29 de junio de 2017

ORGULLO


Hoy hago un paréntesis en la serie de entradas dedicadas a mis suegros para comentaros un desbordamiento reciente. Estaba leyendo el periódico y me encuentro con el comentario de un socio publicado en una de las noticias que hablaban sobre las actividades de la semana del Orgullo. En él decía que a qué viene tanta reivindicación, que si no nos damos cuenta de que uno, si se siente bien consigo mismo, no necesita llamar la atención como lo hacemos nosotros, que era un completo despropósito. 

Aunque este señor se expresaba con bastante crudeza y ranciedad, creo que esta creencia, un poco más suavizada, la conserva aún gran parte de la población. Y a mí me exaspera y me genera un hartazgo inusitado. ¿De verdad todavía hay gente que cree que las personas que pertenecemos a la comunidad LGTBIQ tenemos una especie de complejo de inferioridad causante de que necesitemos soltar a los cuatro vientos que nos sentimos orgullosos de ser como somos? ¡Bufff, qué grave error! 

Explicar por qué este pensamiento es falso me genera un agotamiento mental terrible. ¿No es una evidencia que el hecho de manifestarnos es simplemente una forma de reivindicar nuestros derechos? ¿En serio no se entiende que hemos sido y somos un colectivo invisibilizado y que el expresar nuestra identidad es la manera de acabar con la lacra del ninguneo y del rechazo? Pues debe ser que no, que no es tan obvio como a mí me parece. Además, como si, encima, manifestarse fuera fácil. Me parece sorprendente que haya personas que no se den cuenta del riesgo que conlleva. 

Porque sí, queridos amigos heteronormativos, cuando una persona se muestra como lesbiana, gay, transexual, bisexual, intersexual, queer, etc., se expone a ser rechazado por su condición. En mi caso, por ejemplo, nunca he podido mostrarme tal y como soy en el trabajo por miedo (bien fundado) a perder mi puesto. Nunca olvidaré cuando mi directora, a los pocos meses de empezar en mi primer trabajo, dijo literalmente que los homosexuales eran unos depravados y unos viciosos. Os imagináis que si tenía alguna intención de reivindicar mi condición un poco más adelante, se me quitaron las ganas en ese mismo momento. Y qué deciros de mis suegros; ha sido realmente duro no poder contar con su apoyo sólo porque P. y yo nos salimos de su idea de heteronormatividad. Y eso yo, que he tenido la suerte de nacer y vivir en un país como España, donde la homosexualidad no está criminalizada a nivel legal; imaginaos el sufrimiento que tienen que pasar las personas LGTBIQ que viven en uno de esos 72 países donde sí es un delito, o en uno de esos 13 países donde te pueden condenar incluso a pena de muerte. 

Así que, de complejo nada, señores; mostrarse como uno es y reivindicarlo es el mayor acto de valentía y de compromiso que se puede llevar a cabo en esta vida. ¡Feliz Orgullo para tod@s!

martes, 20 de junio de 2017

ESTALLIDO


Mi mayor desbordamiento, aquel en el que me convertí en algo monstruoso, grotesco y casi sobrenatural, ocurrió unos cinco o seis años después de que mi pareja, P., y yo comenzáramos nuestra relación. Durante esos años, sus padres habían seguido con su boicot sistemático que consistía sobre todo en ignorar nuestra relación y en poner malas caras cuando P. me nombraba o nombraba algo relacionado con lo nuestro. Esto tenía unas repercusiones brutales en P., que aún no había podido superar el rechazo de sus padres y que encima se esforzaba por recuperar su amor. Sus esfuerzos eran titánicos, y sistemáticamente se topaba con la misma pared; por mucho que hiciera, nunca conseguía nada de nada. Y eso le pasó factura.

Se acercaban las Navidades y unos familiares de P. estaban en la ciudad visitando a mis suegros. Estos, cual viles traidores, les habían contado una mentira para que no supieran que nuestra relación existía. Y P. no se sentía con fuerzas para desmentirla; igual que no se sentía con fuerzas para verles y tener que representar un paripé. Este ocultamiento de sus padres y el hecho de que P. no lo refutara, fue demasiado, de tal forma que, un día, cuando estaba tomando algo con unos amigos, se empezó a encontrar mal. Yo estaba en casa y una amiga suya me llamó para pedirme que fuera hacia allí, porque P. no se encontraba bien. Cuando llegué, su cara estaba pálida y con expresión de angustia profunda. Decía que tenía palpitaciones y que no podía respirar bien. Creía que le estaba dando un infarto. Yo no me asusté porque sabía que no era eso ni mucho menos; tenía claro que de lo que se trataba era de una crisis de ansiedad en toda regla. Fuimos a urgencias y, efectivamente, el médico confirmó la crisis. Le enchufaron una dosis de valium, le dieron ciertas recomendaciones y nos fuimos a casa. 

Al día siguiente, P. no pudo ir a trabajar y su médico de cabecera le dio la baja laboral por depresión. En total estuvo tres meses sin ir al trabajo. Tres meses que supusieron un antes y un después en lo referente a la relación con sus padres. O eso pensaba yo.

Recuerdo que habló con ellos por teléfono y después de contarles su crisis de ansiedad y su depresión, les instó a que las cosas cambiaran. Era la primera vez desde hacía muchos años que hablaba explícitamente de lo nuestro y que les pedía que cambiaran de actitud. Su respuesta fue desoladora. No estaban dispuestos a cambiar un ápice, a pesar de lo que estaba suponiendo para P. Les importaba una mierda y lo único que se les ocurrió decir fue que a lo mejor se encontraba en ese estado porque las cosas no estaban funcionando conmigo. ¡ODIO MÁXIMO! Impresionante su cerrazón y su egoísmo. Incapaces de aceptar que se estaban equivocando y que le estaban haciendo un daño casi irreparable, preferían quedarse en sus trece e ignorar su incompetencia como padres. 

Después de aquello P. abrió los ojos y decidió cambiar de actitud. A partir de ahora iba a cuidarse y a aceptar el hecho de que sus padres no eran como creía. Lo primero que hizo fue apuntarse a terapia, cosa que le ayudó bastante porque consiguió redefinir el concepto que tenía de sus padres y a establecer con ellos una relación más equilibrada. Superó su depresión con un par y se volvió a encontrar con fuerza para llevar a cabo su vida. Nuestra relación no se resintió en absoluto sino todo lo contrario; se fortaleció enormemente. Y ya no existía ninguna expectativa con respecto a sus padres; simplemente sabíamos que la aceptación nunca llegaría y no nos importaba. 

Pero, un año después de esto, se produjo mi desbordamiento, mi fatal desbordamiento, ese que nunca ha cesado desde entonces y que me ha creado problemas serios con mi pareja y con mi entorno en general. Todo se desbordó un cálido día de verano y, como suele pasar en estos casos, en realidad fue por un acontecimiento en apariencia poco significativo; la cuestión estuvo en que no supe gestionarlo adecuadamente. 

Como era de esperar, mis suegros seguían con la misma actitud y no había existido en ellos ni un mínimo avance. Pues bien, se iban de crucero desde Barcelona y tenían que coger un avión hasta allí a horas intempestivas (creo recordar que su vuelo salía a las cinco de la mañana). Como a esas horas no había transporte público y era difícil encontrar un taxi, decidieron pedirle a P. que se levantara de madrugada para llevarles al aeropuerto. ¿Qué pensáis que les contestó? Para mí la única opción posible era la de decirles que no, que lo sentía mucho pero no tenía sentido hacerles ese favor después de que hubieran dejado claro que no pensaban cambiar ni un ápice su actitud de rechazo y ninguneo. 

Pero P. no les dijo que no; al día siguiente se levantó de madrugada y les llevó al aeropuerto. Y yo ardí, me quemé por dentro para convertirme en ese instante en algo distinto, nuevo, peor y más sórdido. No entendí en absoluto ese gesto. ¿Te sacrificas por hacerles ese favor cuando ellos no te dan absolutamente nada, que digo nada, más bien te dan lo peor que tienen? Para mí fue un símbolo evidente de que nada se había superado, de que las cosas seguían igual que antes y de que, por tanto, la connivencia con sus padres se mantenía intacta. No pude más; reventé de lleno y toda mi indignación salió despedida como si de un torrente se tratara. Me rompí por dentro y no pude volver a componerme. No lo entendí, no lo entendí en absoluto. De hecho, me pareció una locura total y un completo retroceso en todos los avances que P. había logrado. 

Hay que entender que yo partía de la idea de que si a mí me hubiera pasado algo parecido con mis padres, lo primero que hubiera hecho sería dejar de hablarles y de verles. No aceptáis la decisión que he tomado de estar con esta persona y encima me faltáis al respeto de un modo inimaginable, pues a tomar por culo; hasta que no entréis en razón no vais a tener noticias mías. Aun así, entendí que P. no hiciera eso, por el tipo de relación previa que tenía con sus padres y porque, oye, al fin y al cabo, no todas las personas somos iguales ni reaccionamos igual. Pero que hiciera como si no pasara nada después de todo el desprecio, el ninguneo, las malas caras, las mentiras… Me pareció una traición, una estafa. Y estallé. 

¿Así que las cosas iban a estar como siempre? Pues yo no, señores, yo no. Porque yo ya no era la persona de siempre. Todo el dolor y el sufrimiento causados por tantos años de desprecio, me habían cambiado. MUCHO. Y es que, me parecía insano; no tenía ningún sentido para mí que las cosas se normalizaran y que mi pareja actuara como si no hubiera pasado nada de nada. ¡Era de locos! Un desvarío completo que no me encontraba en disposición de aceptar. Así que me convertí en La Masa, y comencé a destruirlo todo a mi paso (metafóricamente). 

En próximas entregas, mis destrucciones más propias.

jueves, 8 de junio de 2017

EL ORIGEN



Desbordamiento, no, lo siguiente. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Inundación, diluvio, torrente? Podría ser cualquiera de esas cosas o, mejor aún, TODAS JUNTAS. 

En apariencia, siempre he sido una persona muy tranquila. A excepción de algún que otro estallido iracundo en mi infancia, y alguno que otro más en mi adolescencia, nunca he acostumbrado a desbordarme. Siempre he mantenido la calma y he superado la indignación y el malestar con otros mecanismos que nada tenían que ver con la rabia. 

Sin embargo, en un momento de mi vida mi indignación fue tal que los mecanismos que me habían servido hasta entonces, dejaron de hacerlo. Me saturé de irritación hasta límites insospechados. ¿Por qué? La respuesta: mis suegros.

Llevo más de diez años con mi pareja, P. Y desde el momento en el que se enteraron de lo nuestro, lo odiaron. ¿La razón? Me consideraban una persona depravada, peligrosa, profundamente inadecuada. Y, por haberme escogido y amarme, mi pareja sufrió un desprecio tremendamente cruel y prolongado en el tiempo. 

Pasamos tres meses de lo que se suele llamar vulgarmente “luna de miel”, ese periodo en el que parece que no existe nada al margen de la otra persona y en el que no entiendes cómo has podido 

vivir hasta ese instante sin su presencia. Fueron, sin duda alguna, los tres meses más felices de mi vida. Sólo existía el amor, un amor tan pleno que rozaba la perfección. Hasta que la felicidad se empañó. A los tres meses P. le contó lo nuestro a sus padres, y comenzó el infierno. 

Ellos no aceptaron nuestra relación en absoluto. Cuando P. les dijo que estaba conmigo, se les cayó el mundo encima; no se esperaban para nada que fuera a salir con una persona como yo. ¿Por qué? Porque yo no respondía a los cánones preestablecidos que ellos asumían como los únicos verdaderos y posibles. De hecho, siempre he distado mucho, muchísimo, de dichos cánones (y a mucha honra). Así que, en vez de asumir la elección que había tomado P. o simplemente no estar de acuerdo con ella, pero tolerarla, decidieron negarse taxativamente a aceptarla y, por si fuera poco, la empezaron a boicotear. 

Lo primero que hicieron fue poner a P. de medio imbécil y, entre insultos y salidas de tono, hicieron que pensara que había perdido la cabeza. Una falta de respeto intolerable que supuso para P. un auténtico schok, pues siempre había mantenido con sus padres una relación excelente y de mutua confianza. Fue descorazonador el hecho de que le sometieran a aquel escarnio, no sólo porque en sí mismo cualquier escarnio es pernicioso, sino porque le pilló totalmente por sorpresa; jamás hubiera esperado que las personas a las que más quería en este mundo, le estuvieran negando su amor dándole precisamente lo contrario: odio puro y duro. No había precedentes. 

El escarnio continuó durante un tiempo para luego convertirse en ninguneo. Pasaron de las muestras de agresividad y de desdén, a las malas caras, los desplantes y el hacer como si P. no existiera. P. no se lo podía creer; de la noche a la mañana se había quedado sin padres y, lo peor de todo, se sentía tan culpable que comenzó a hacer todo lo posible para que las cosas volvieran a estar como antes. Su nivel de sumisión llegó hasta cotas insospechadas, de tal forma que intentaba complacerles en todo lo que podía. Si su padre le decía que estuviera en casa a tal hora para no sé qué mierdas, P. perdía el culo por ser la persona más puntual de la historia. Si su madre le decía que ese día iban a tener comida familiar y le ponía cara de “como no estés, dejas de pertenecer a esta familia”, no existía nada más en el mundo que aquella comida. Y así una ristra de ejemplos innumerables que me niego a relatar porque cansan. MUCHO.

De hecho yo acabé hasta las narices, pues P. estaba empezando a sacrificar su felicidad y, por ende, la de nuestra relación, en favor de sus padres. Tuvimos nuestros más y nuestros menos, debido a que no era nada fácil conciliar nuestro amor, con el hecho de que ellos me odiaban y de que se estaban portando fatal con P. Fueron meses muy complicados; nuestra relación se estaba deteriorando y a mí me causaba un sufrimiento sin precedentes. No entendía cómo era posible que lo mejor que me había pasado nunca, se estuviera convirtiendo en aquel infierno. Y todo por los prejuicios absolutamente infundados de unas personas con una mentalidad rallando en la ignorancia más extrema con la que me haya topado jamás. 

Pero nos sostenía la idea de que la situación no podía durar mucho y teníamos el firme convencimiento de que sus padres entrarían pronto en razón, y que todo volvería a la normalidad. Qué ingenuidad la nuestra. Para nada ocurrió eso. NI MUCHÍSIMO MENOS. Un adelanto: diez años después todavía sigo siendo para ellos una persona non grata y ni les he visto ni hemos hablado jamás. Tócate los huevos… Más datos en próximas entregas que, creedme, no tendrán desperdicio.

jueves, 25 de mayo de 2017

MONTAIGNE Y LA MORALIDAD DEL SUICIDIO


El comentario que entagled publicó el otro día en la entrada que lleva por título "El suicidio", me motivó a escribir sobre si el suicidio es o no lícito en el ámbito moral. Es decir, ¿es moralmente reprobable o, por el contrario, no tiene por qué ser considerado como malo? Esta pregunta se la han planteado a lo largo de los años muchos filósofos y pensadores y hay razonamientos de todo tipo. 

Entre los filósofos con los que más me identifico y que para mi gusto han conseguido argumentar mejor esta cuestión, destacaría sin duda a Montaigne, ya que demuestra una lucidez impresionante en relación a este tema. Para entender bien su postura hay que conocer, aunque sea someramente, su concepción sobre cómo afrontar la muerte. Incluyo a continuación un texto estupendo donde esta se puede ver con claridad: 

La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. El que aprende a morir, aprende a no servir. El saber morir nos libera de toda atadura y coacción. No existe mal alguno en la vida para aquél que ha comprendido que no es un mal la pérdida de la vida”. (Ensayos, I, XX, 130).

La frase es desbordante al máximo: “El que aprende a morir, aprende a no servir”. Montaigne viene a decir que lo problemático de la muerte es que esta nos da miedo y nos provoca una angustia profunda. Y si nos libramos de ese miedo, la muerte ya no nos condicionará y podremos vivir nuestra vida de una forma más plena. 

Pues bien, en coherencia con esta concepción, Montaigne sostiene un argumento muy consistente para defender la legitimidad del suicidio. Atención a la belleza del mismo. 

Había visto que la mayoría de las opiniones de los antiguos convenían en esto: que es hora de morir cuando vivir reporta mayor mal que bien; y que es ir contra las propias leyes de la naturaleza el conservar la vida para tormento e insatisfacción nuestras, como dicen estas antiguas reglas: “O una vida tranquila, o una muerte feliz. Es bueno morir cuando la vida es molesta. Vale más no vivir que vivir desgraciado” (Ensayos, I, XXXIII, 281).

La verdad que este argumento entraña me parece de una solidez casi incuestionable, aunque también reconozco que puede desatar cierta controversia el hecho de pensar que no merece la pena seguir viviendo si la vida te causa más mal que bien. Porque, ¿durante cuánto tiempo el mal debe superar al bien como para estimar que ya no merece la pena vivir? ¿Cómo saber si se trata de un periodo transitorio o de si realmente va a ser permanente? 

De hecho, Montaigne no sostiene que por sufrir debas acabar con tu vida a toda costa. ¡En absoluto! Y da una razón muy convincente para justificarlo. Os incluyo otro breve fragmento de sus Ensayos donde lo deja cristalino: 

A veces, aunque las circunstancias nos empujen a lo contrario, hemos de recuperar la vida, incluso con sufrimiento; hemos de detener el alma entre los dientes, puesto que la posibilidad de vivir para las gentes de bien no depende de lo que les plazca, sino de lo que deban. Aquel que no estima a su mujer o a un amigo tanto como para prolongar su vida por ellos, es demasiado débil y blando: ha de ordenárselo el alma cuando lo requiera el bien de los nuestros; hemos de entregarnos a veces a nuestros amigos y aunque por nosotros queramos morir, interrumpir por ellos nuestros designios. Es prueba de gran valor el volver a la vida en consideración a otro, como hicieron varios excelsos personajes; y es un rasgo de singular bondad conservar la vejez, si se siente que ese esfuerzo es dulce, agradable y provechoso para alguien muy querido”. (Ensayos, II, XXXV, 510).

Lo que nos viene a decir Montaigne es que hay motivos por encima del sufrimiento por los que merece la pena elegir vivir en vez de lo contrario. Es el caso de mantenerse vivo por los otros, para no dañarles. Esta razón siempre me ha parecido muy polémica. ¿Vivir para que al otro no le dañe nuestra muerte es motivo suficiente? ¿Tiene sentido vivir por alguien ajeno a ti mismo? ¿No adquiere la vida sentido sólo si la vivimos desde nosotros? El tema es muy complejo y delicado, desde luego, y no es fácil posicionarse cuando las personas estamos llenas de matices, al igual que las circunstancias.

En fin, espero que os hayan resultado interesantes los textos de Montaigne. Para mí será un auténtico placer conocer vuestras perspectivas sobre la moralidad del suicidio. 

Para terminar, ahí va esta perla: "Si habéis aprovechado la vida estáis saciados, idos satisfechos. Si no habéis sabido hacer uso de ella, si os era inútil, ¿qué se os va en haberla perdido? ¿Para qué la queréis todavía? No es la vida de por sí ni buena ni mala: el bien y el mal dependen del sitio que les hagáis" (I, XX,137).